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EN 1970, COMO MAESTRO RURAL, FUI EL MÁS INÚTIL CAMINANTE EN LA BAJA SIERRA TARAHUMARA.
Por: Román Corral
Sandoval.
1.- Aquí en Satevó, municipio de Batopilas, Chihuahua, en estas noches de tinieblas, de silencio sepulcral, siento que mis pensamientos son la claridad que alumbra mi atemorizada humanidad. De vez en cuando mis reflexiones son interrumpidas por los ruidos de los cencerros de las cabras que rumian tranquilamente echadas en el suelo de los corrales de algunas apartadas viviendas y por los chillidos de los murciélagos que revolotean por cientos entre la oscuridad en busca de alimento, siento su presencia por el patio escolar y por encima del techo de mi habitación de la casa del maestro, una humilde choza, sin más protección que el que prodiga la fuerza divina.
2.- Me incorporo de la cama improvisaba de mesa-bancos debido a que mis pensamientos también son opacados repentinamente por los ladridos de los perros pastores que detectan a los caminantes nocturnos del camino real, especialmente tarahumaras cuyas figuras fantasmales o siluetas difícilmente distingo a través de una pequeña ventana de mi habitación, transitando y cargando sobre sus espaldas pesados bultos haciendo ruido al pisar con sus huaraches de neumáticos usados las piedras sueltas de esta vereda colonial, exponiéndose al ataque repentino de feroces depredadores como el puma y gato montés que en esta región de barrancas, según relatan los moradores, han dado cuenta de burros, vacas, cabras y hasta de los mismos perros guardianes. ¡Qué miedo siento porque pienso que en esta región de la Barranca de Batopilas soy frágil, inútil, insignificante, indefenso, vulnerable, cobarde, inservible y de plano me manifiesto como admirador eterno del Creador del Universo! Admiro! la claridad de las estrellas lejanas del firmamento que son sus grandes creaciones. En ocasiones hasta siento que no voy a salir vivo de esta región.
3.- Sabía que no servía para nada, pero ignoraba a qué grado, de plano estoy por la calle de la amargura. Estas ideas pasan por mi cabeza en medio de la oscuridad de la habitación mientras observo a tan sufridos caminantes, a estos tarahumaras que les percibo apenas su agitada respiración por el esfuerzo realizado. Desde siempre estos indígenas han cargado sobre sus espaldas, gran parte del progreso material de la Barranca de Batopilas que seguirán su ritmo de marcha hasta el amanecer haciendo un pequeño alto forzosamente antes de subir la empinada cuesta de la Cumbre del Guamúchil donde continua el camino. Aquí en este sitio llamado El Vado, donde termina el camino, tomarán un respiro o descanso porque además con todo y carga primeramente cruzarán el Río Batopilas que aún no ha bajado el nivel de su impetuoso, veloz y frío caudal, tratando de no resbalar con las piedras redondeadas que descansan sobre su lecho; tratarán de no mojar la carga aunque sus cuerpos ! sufran el embate de la corriente que enfriará sus músculos. Aquí en El Vado, aún no se construye ningún puente colgante.
4.- Sigo recordando, mientras observo el cielo estrellado de esta noche oscura a través de mi pequeña ventana retirada a escasos cinco metros del camino real, que conocí la cuesta cubierta de espesa vegetación semi-tropical de la Cumbre del Guamúchil, hace cuatro días, o sea el sábado 24 de Octubre de 1970, cuando, junto con otros moradores de Satevó, asistimos a San José de Valenzuela, a la boda de Guillermo Gil y de Evangelina Sánchez. No pude caminar ese día ni doce horas seguidas, porque mis inútiles pies se ampollaron. Para mí los tarahumaras son los grandes caminantes de esta vereda y de la vida. Desde las siete de la mañana inicié mi marcha de ocho kilómetros rumbo al norte de la Misión de Satevó, río arriba, hasta el Poblado de Batopilas para recoger correspondencia de mi familia. Luego me regresé a la Misión de Satevó y a las cuatro de la tarde otros moradores y yo caminamos río abajo, rumbo al sur con destino a San José de Valenzuela, distante veinticinco kil! ómetros para asistir a dicha boda a donde arribamos a las ocho de la noche, no sin antes subir la Cumbre del Guamúchil. Para esa hora ya mis pies estaban maltrechos y ampollados después de haber caminado en total poco más de cuarenta kilómetros. Esta fue mi primera caminata maratónica en la Barranca de Batopilas. No disfruté la boda, ni el baile. Me sentía desfallecido. De lo agotado que estaba me dormí en el vil suelo, abajo de una mesa de la fiesta, caí como bulto de cemento, material de construcción que no se conoce ni se utiliza en las comunidades de la Baja Sierra Tarahumara. Dentro de mi sueño profundo apenas percibía la música, los gritos de alegría y pláticas de la gente; cuando medio abría los ojos miraba los pies de los bailadores. Muchos asistentes a la boda pensaban que había tomado demasiado tesgüino o lechuguilla. La verdad no tomé nada en esa ocasión... para que...ni para eso servía...me gustaría haber tomado tesgüino y lechuguilla para no sentir los dol! ores o estragos físicos que sufría mi inútil y esquelética hu! manidad, pero sobre todo para no sentir ni sufrir la notoria y criminal marginación social que campea en la Barranca de Batopilas. Ese es el verdadero dolor que con mayor profundidad empecé a sentir en carne propia en esta región de las barrancas de la Baja Sierra Tarahumara, del suroeste del estado de Chihuahua, zona montañosa incomunicada.
5.- Observo a estos tarahumaras transitar en esta madrugada del miércoles 28 de octubre de 1970, por la pequeña ventana oriental de la Casa del Maestro, como dije a escasos cinco metros de distancia. No he podido dormir bien, mejor dicho casi no he dormido desde hace cuatro días debido al dolor de las llagas de mis pies, las cuales aparecieron al reventárseme las ampollas tras haber realizado la caminata del mencionado 24 de octubre. Nomás a mí me salieron ampollas, ni a los adultos ni a los niños de la Misión de Satevó que también asistieron a la boda les pasó algo. Soy la vergüenza de la comunidad, un bueno para nada. Para colmo antier lunes 26 de octubre de 1970, a las tres y media de la tarde, mientras atendía a los alumnos del tercer grado, en plena clase sufrí de una fuerte hemorragia en la fosa nasal izquierda. Salí inmediatamente del aula escolar y me dirigí al río para mojarme o lavarme. En el trayecto hice presión con mis dedos sobre la nariz para detener la h! emorragia. Así se me calmó. Bajé al río para asearme, dejando a mis alumnos en plena faena escolar. Aproveché la ida al río para traerme la tinaja llena de agua, para que bebieran mis alumnos.
6.- Aún me duelen las llagas de los pies. Tengo una que otra choyaca sangrante, o sea, ampolla reventada. El domingo 25 de octubre, Loreto, la esposa del comisario Dolores Gil Hermosillo, me hizo una curación con la grasa del entresijo de un cerdo. Hablando de hemorragias, otros niños han sufrido de lo mismo en pleno trabajo escolar como Venancio Gil Salas, al que no le pude controlar una hemorragia nasal. Lo cargué en brazos y lo llevé hasta su casa, situada a un lado del templo que construyeron aquí los jesuitas en 1760. Me impregnó mi camisa con su sangre. Me tuve que cambiar de ropa, por cierto tan escasa como la comida. En esta comunidad todos sufrimos de verdad. Toda la noche de este miércoles 28 de octubre ha estado soplando viento helado que entra a placer por mis ventanas sin protección de la Casa del Maestro. De plano opté por estar a oscuras porque me cansé de estar prendiendo mis dos velas con las que me alumbro. Creo que voy a hacer de la oscuridad de l! a noche mi fiel y única compañera, claro, en contra de mi voluntad. Me tendré que acostumbrar a ella en estas circunstancias en las que vivo en la Barranca de Batopilas, ya que en esta región ninguna comunidad cuenta con el servicio de energía eléctrica, de agua potable, de drenaje. No hay nada de nada, en una palabra, y eso que hace sesenta años, hubo una revolución en nuestro país para que desaparecieran las injusticias, las desigualdades sociales. Esta región de las barrancas de plano esta abandonada y olvidada por el gobierno. Porque a lo que he visto en mi corta edad, diecinueve años, parece que se gobierna exclusivamente para los ricos, los cuales no se quejan de nada. Ojalà y me equivoque. Apenas estamos en 1970. Puede ser que las cosas más adelante sean favorables para los pobres. Aunque lo dudo. Es más probable que empeoren sus condiciones…y todavía se atreven a decir los políticos que hay democracia.
7.- Como maestro rural me comprometo, en primera instancia conmigo mismo, a realizar lo mejor que pueda mi trabajo docente y social, en bien de esta pobre gente, aunque viéndola bien el pobre soy yo, porque estas personas comparten conmigo sus escasos alimentos y conocen palmo a palmo esta región semi-selvática de clima sub-tropical y me espanto con dos o tres coralillos o algún tlacuache que se me atraviesan en mi camino cuando he ido al poblado de Batopilas. Por la teoría que recibí de mis queridos maestros de la Escuela Normal y viendo la realidad social de esta región de barrancas deduzco que: “…El maestro rural es la única luz con que cuentan en su camino por la vida los moradores de las comunidades marginadas de la Baja Sierra Tarahumara para poder salir de su atraso social, educativo y cultural: el maestro rural es constructor de escuelas y arquitecto de una sociedad más justa…”. Sin embargo, y dadas mis notorias limitaciones personales deduzco bajo el manto de e! sta oscuridad: ¡Que inútil soy! Es que se me han presentado tantas y variadas situaciones que he tenido que resolver como maestro y director de esta escuelita rural de la Misión de Satevó. Tengo apenas diecinueve años de edad. Podré aprender, aunque sea lentamente a adaptarme a la problemática social de esta región. Pero de plano, una cosa sí es segura, que jodida tiene el gobierno a esta gente.
8.- Ojalà y reviviera mi General Pancho Villa para que pusiera en su lugar a tanto rotito y catrín mequetrefe y engreído metido en el gobierno. Mi abuelo paterno Don Trinidad Corral García, nacido en 1870, era amigo de Villa. Mi abuelo materno, también originario de Valle de Olivos, Ramón Sandoval Castro, nacido en 1898, abrazó la causa de la Revolución Mexicana, inclusive estuvo en la Toma de Zacatecas. Y todo para qué, para que murieran en la miseria. Mi abuelo Ramón, hasta tenía su credencial de Veterano de la Revolución, misma que guardaba celosamente mi abuela Cástula Herrera Baca, quien nació en 1897, en Minas Nuevas, municipio de Hidalgo del Parral. Pancho Villa, ese hombre si era valiente yo soy un vil cobarde. No tengo los pantalones suficientes como para iniciar otra Revolución y que las cosas marchen más justas para el pobre. Por si fuera poco, apenas me puedo mantener en pie. En ocasiones hasta me arrastro por el piso debido al dolor intenso de mis pies. ! El domingo anduve a gatas por mi cuarto del maestro, ya que mis pies con las ampollas reventadas, amenazaban con infectarse y de plano no aguantaba el dolor. En esta comunidad no se consigue ni una Mejoral, además no tengo con que comprarla. No hay tiendas, porque no hay nada que vender ni tenemos con qué comprar. El dinero es algo desconocido para nosotros. Creo que me pagaran mi primer salario hasta diciembre, cuando regrese a la Ciudad de Chihuahua, donde nací el 29 de agosto de 1951. Pero no sé ni como podré salir de aquí. Por lo pronto no tengo fuerzas ni aliento para pensar en eso, porque todavía faltan casi dos meses para que regrese a Chihuahua, donde están mis padres y hermanos.
9.- Me recuesto en mi cama improvisada de mesa-bancos para descansar mis lastimados pies recordando que escribí en Mi Diario que el martes 22 de septiembre de 1970, ya mero no la contaba cuando me atreví a cruzar nadando de orilla a orilla la caudalosa corriente del Río Batopilas el cual atraviesa a esta comunidad de la Baja Sierra Tarahumara. Andaba levantando el censo escolar que nos había solicitado el inspector escolar. Me dio vergüenza con los moradores de la Misión de Satevó, porque ya me andaba ahogando. Mejor cruzan el río las vacas, a las que nada más se les observaban los cuernos ya que sus voluminosos cuerpos flotan en la impetuosa y crecida corriente y ocasionalmente sacaban a la superficie la punta del hocico para respirar. ¡Que inútil y poca cosa me sentí ese día...y todavía! No sé que vine a enseñar a esta comunidad si hasta ahora ha sido la mejor maestra para mí. Tengo un mes y días en esta comunidad y la misma ya puso en evidencia mi inutilidad. Los! niños no cuentan con útiles escolares. Con la poca harina que pude conseguir con los moradores de las viviendas cercanas a la escuela, preparé hoy por la mañana un poco de engrudo en una lata vieja, encendiendo unos trozos de ramas secas en el patio escolar. El engrudo era para los niños de primer grado, ya que las actividades del método de lecto-escritura que estoy aplicando así lo requieren, porque el pegamento, las crayolas, el juego de geometría, los sacapuntas, entre otros útiles escolares son desconocidos. Los niños de más edad portan cuchillos y con destreza les sacan punta a los lápices de sus compañeros.
10.- Estos pensamientos son interrumpidos por los ladridos de los perros de las viviendas cercanas a la escuela. Me incorporo de la cama y vuelvo a asomarme por mi ventana entre la espesura de la noche para poder distinguir a los posibles caminantes nocturnos que han sido detectados por los canes. Y pensar que hay personas que se creen superiores a los tarahumaras. Ojalà y se vinieran a vivir una temporada aquí a la Barranca de Batopilas para que se dieran cuenta de qué madera están hechas. Los tarahumaras han sobrevivido en esta región durante cientos de años. Me gustaría que estas personas, especialmente funcionarios de alta jerarquía, caminaran por horas, por el camino real, por donde nunca ha transitado ningún vehículo automotor; que temblaran de frío en los inviernos y que sudaran la gota gorda durante los veranos extremadamente calurosos, cuando transitaran a pie por el camino real. Que duraran algunos días sin comer y que durmieran en el suelo adentro de las caverna! s. Que dichas personas se instalen en esta región montañosa, sin ningún centavo en la bolsa, que sientan lo que es vivir en la pobreza, sin servicios públicos, con toda clase de carencias y bajos condiciones extremas, para que se vuelvan humildes y humanos. Por cierto que veinte centavos es todo mi capital, con el que llegué a la Barranca de Batopilas el 19 de septiembre de 1970.
11.- Que dichos personajes del gobierno sientan en lo más hondo de su ser, como lo sienten los chabochis y raràmuris de la Barranca de Batopilas, los estragos brutales de la explotación, de la pobreza extrema, de las acciones excluyentes de la oficialidad, o sea, del olvido y abandono del gobierno; que oraran en estas eternas noches de tinieblas de la Baja Sierra Tarahumara y le pidieran al Creador del Universo que de nueva cuenta volvieran a estar dentro del presupuesto...porque fuera del mismo sienten seguramente que no pueden sobrevivir, dada su manifiesta inutilidad en esta accidentada, intrincada, alejada orografía de la región de barrancas del suroeste del estado de Chihuahua. Me consta que algunos funcionarios públicos son insensibles, demagogos, y sienten que el mundo no los merece...a lo mejor nosotros no nos merecemos tener esa clase de sujetos dentro del gobierno...caminan como si no pisaran el suelo...aquí en la Barranca de Batopilas tendrían que caminar con! cuidado en la estrecha vereda del camino real, porque de lo contrario podrían caer y rodar al precipicio o abismo corriendo el peligro de ser devorados por la fauna silvestre antes de poder llegar al fondo del barranco para iniciar el rescate de sus restos. Aquí en la Baja Sierra Tarahumara no hay lugar para soberbias. Esta región inhóspita lima las asperezas del espíritu humano, moldea el carácter, forja seres humanos extraordinarios como lo son los batopilenses, tanto chabochis como tarahumaras, de una nobleza y humildad a prueba de cualquier cosa.
12.- Por lo pronto...creo que estoy hecho de cobardía, de miedo. Aquí se me bajaron los humos, me creía demasiado porque soy maestro normalista recién egresado, poca cosa, y eso que no soy licenciado, doctor o ingeniero si no estaría peor la cuestión de mi soberbia. La gente pobre estudiamos para maestros, para ayudar a los de nuestra clase. No he conocido ningún rico que estudie para maestro rural. Aquí los grados académicos no sirven de gran cosa ya que este medio geográfico de las barrancas demuestra que somos la mayoría de los profesionistas unos perfectos inútiles. Y hablando de profesionistas, los maestros somos los únicos que estamos en todos los rincones de la Patria. Por algo muchos compañeros maestros de reciente ingreso al servicio docente de mi generación y de otras prefirieron hacer uso de sus palancas o influencias para no trabajar en la sierra o en el medio rural en general. Me alegro por ellos porque se salvaron de estar trabajando en escuelitas humildes! , en las condiciones lastimosas y sufridas de esta región. En agosto y septiembre cuando nos asignaron las plazas de maestros en la Dirección Federal de Educación de la Ciudad de Chihuahua estos compañeros maestros traían buenas recomendaciones o tarjetas de funcionarios sindicales, de diputados o de gente influyente del gobierno lo cual les valió para trabajar en comunidades del medio urbano o semi-urbano del estado de Chihuahua. Cosas de nuestra democracia. En cambio otros compañeros y yo nos enviaron hasta las comunidades más apartadas posibles. No teníamos otra recomendación más que la necesidad de trabajar. Esta circunstancia nos convirtió en maestros rurales de lo cual no me arrepiento. Salieron ganando mis compañeros maestros que se quedaron a laborar en el medio urbano pero más para las comunidades rurales que no los conocieron.
13.- Que bueno que estos maestros no conocieron lo inhóspito de la Barranca de Batopilas, ya que por ejemplo, el cuatro de octubre pasado, 1970, el maestro de la comunidad de Tubares, fue arrastrado por la corriente impetuosa del Río Batopilas. No corrió con la misma suerte como yo. Se ahogó y lo encontraron a los tres días semi-desnudo, entre unas ramas, a la orilla del río, y hasta semi devorado por la fauna silvestre. Duró este maestro del sur del país quince días en el servicio docente. Me tocó verlo el pasado 17 de septiembre de 1970, en la Inspección Escolar de Creel. Al igual que nosotros, los maestros chihuahuenses, se mostraba contento por que iniciaría su trabajo docente, pero al mismo tiempo temeroso por lo que escasamente había escuchado acerca de las dificultades para llegar y vivir en la Barranca de Batopilas. Pienso que no sabía la suerte que correría.
14.- En esta noche del 28 de octubre de 1970, me puede pasar cualquier cosa ya que prácticamente duermo a la intemperie por la fragilidad de mis puertas, cuyos marcos han sido convertidos en aserrín por los mochomos, que son unas enormes hormigas que devoran la madera o celulosa. Mejor me subo a mi improvisada cama porque por el piso ya deben andar los cientos de alacranes que invaden por las noches al aula escolar y a la casa del maestro, no quiero que me pase lo que a mi pequeña alumna de primer grado llamada Lina quien fue picada por un alacrán en su humilde vivienda, mientras dormía en un petate, porque aquí nadie conoce los muebles domésticos. Cuando fui a preguntar por Lina, debido a su ausentismo escolar, la encontré en los brazos de su madre. La niña no dejaba de llorar, presentando severa calentura.
15.- “…De plano deduzco que no soy el maestro de esta comunidad, mejor me apunto como su alumno...espero no salir reprobado...Siento que ya me estoy integrando a esta comunidad de la Misión de Satevó, municipio de Batopilas, Chihuahua...Hasta mañana...a dormir…”.
Fuente: Libro: “LAS NOCHES DE BATOPILAS". Relatos de un maestro rural. Autor: Román Corral Sandoval. “Aunque en 1970 leía casi en tinieblas, …Batopilas le dio luz a mi espíritu.” Profesor Román Corral Sandoval. “El escritor de Batopilas en el Siglo XXI”. |
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