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ARTÍCULOS DE OPINIÓN OTROS COLUMNISTAS, MÁS ARTÍCULOS PAULINO ARREOLA ARREOLA
EL ABRIGO ROJO Narración publicada inicialmente en Letras al margen: una antología (Ediciones del Azar, 2007) 23 de enero de 2010.
Esperando que el último rayo de luz del atardecer diera la señal de que el sol se había marchado para volver puntual al día siguiente, Rogelio Ochoa se encontraba de pie sobre la banqueta norte de la avenida Niños Héroes, en la ciudad de Chihuahua. Mientras los fantasmas de su trágico pasado se retorcían encadenados en lo más recóndito de su memoria, él se quedó por un instante mirando la pelona silueta del cerro Coronel, que parecía responder a las miradas de los chihuahuenses con una melancólica sonrisa de gigante pobre. Aquella fachada estéril del cerro no era sino el mudo testimonio de que los árboles hacía muchos años ya habían dejado de ser parte del paisaje para irse a ocultar en las chimeneas y en las cartas de los enamorados del mundo.
A sus cuarenta años y meses recién cumplidos, el esbelto rubio de los ojos azules y mirada serena, a golpes de disciplina obligada, había aprendido a rescatar cada instante de su existencia. Había aprendido a no dejarse amedrentar por las impresionantes pruebas que la vida le había planteado constantemente. Rogelio parecía disfrutar con alegría de la luz del sol y de los paisajes que durante siete años le fueron negados en la oscuridad de su pequeña y maloliente celda, azarosamente compartida con un animal salvaje que había asesinado a un pequeño niño a la salida de la escuela.
Con un suspiro profundo y desinteresado, Rogelio Ochoa hinchó sus amplios pulmones con aire fresco y aparentó, sin quererlo, estar presumiendo su bien torneada musculatura, producto de la disciplina que desarrolló en el gimnasio de la prisión. Tuvo que aprender a ser disciplinado para tener más oportunidades de sobrevivir en el mundo de los de abajo que controlaban los presos de arriba. Años hacía que la lluvia no llegaba a la ciudad de Chihuahua, así que levantando los ojos desde el polvo de la banqueta gris pudo contemplar el cielo azul en la claridad del fresco atardecer sin que ninguna nube se interpusiera entre su punto de observación y la antena de televisión que desde allí podía divisar en la cima del cerro que mira hacia el centro de la ciudad. Con su mano derecha y con la indiferencia de las cenizas del amor, Rogelio lanzó al piso y sin placer destruyó al enemigo de sus pulmones, pisándolo con la suela de su zapato izquierdo; y luego se agachó para recogerlo y depositarlo en el tambo de la basura que había justo en la entrada principal del bar.
<< ¡Carajos! Dijo para sí Rogelio Ochoa. ¡Cómo pesan los recuerdos!>>
Justo antes de ingresar al antro, el hombre observó que los autobuses urbanos avanzaban acelerados mostrando sus aparadores llenos de caras que miraban sin mirar hacia ningún lado pero mecánicamente contando las cuadras que avanzaban y deseando que el recorrido se hiciese menos tedioso. Un niño pequeño como de siete pecas de edad le sonrió desde la ventana abierta del autobús de la ruta veinte aniversario como si lo conociera de años y le mostró su propia ventana localizada entre los incisivos superiores de su boca. Pequeña la boquita, pero con lenguaje de fogonero de la colonia Industrial. Rogelio Ochoa no pareció haberlo reconocido pero le lanzó una sonrisa amigable y le dio la espalda mientras empujaba la puerta de su refugio nocturno que le esperaba para ayudarle a olvidarse de la certidumbre de la vida, por lo menos durante el tiempo que duran las copas en el cerebro aturdido.
Rogelio Ochoa visitaba aquel tugurio regularmente al salir del trabajo para tomarse unas copas antes de marcharse a casa. No le apremiaba la necesidad de llegar a su hogar en el que hacía mucho tiempo ya no se encendía la chimenea ni se abrían regalos en navidad. Su casa estaba tan solitaria como lo estaban su corazón y su alma sedienta de amor desde que la vida le enseñó la primera lección importante, en la que atrozmente reprobó.
Terminó de abrir la puerta del antro que parecía presagiarle una sorpresa no deseada y penetró en la penumbra de la irrealidad fantasiosa de la cantina. El tufo del humo de mil cigarrillos consumiéndose simultáneamente le golpeó el afilado rostro sin piedad y le empañó los redondos espejuelos con armazón metálico dorado que hacían juego con sus zapatos marrón y su traje café con el pisa corbatas dorado colgando de la corbata amarilla. Levantando su mano izquierda saludó al joven cantinero que desde la barra le contestó con alegría como si lo extrañara y estuviera preocupado por su retardo.
El cantinero se había aprendido la rutina de Rogelio Ochoa debido a que éste repetía siempre los mismos actos a la misma hora y en el mismo lugar. Rafael, el amigable cantinero sin título pero con reconocimiento oficial de todos los clientes, sabía que justo a las ocho en punto aquel hombre con aspecto de oficinista burocrático del centro de la ciudad entraba a la cantina y se sentaba en la mesa del fondo, pedía una botella de tequila blanco de medio litro con refresco negro y dos cubos de hielo en cada servida.
<<Es una máquina de hacer lo mismo el señor este>> acostumbraba decir el cantinero.
En la rutina mediocre diariamente ensayada de Rogelio Ochoa, Rafael sabía que aquel individuo usualmente se fumaba en la cantina siete cigarrillos sin filtro para acompañar las copas y después pasaba a la barra y pagaba la cuenta siempre con un billete de la misma denominación y le dejaba el vuelto como propina y una sonrisa de muerto sin enterrar como pilón. Después entraba en el sanitario y orinaba sentado con un solo chorro largo y espumoso las copas que se hubiese bebido y desde allí miraba hacia afuera por la pequeña ventana con cristales de color rojo. Luego se dirigía a la calle y paraba un taxi para que lo llevara a su casa en una colonia del norte de la ciudad.
<<Casi pudiera yo hacerme pasar por él –se jactaba el cantinero por lo bien que lo conocía,- se le conoce que no tiene imaginación, pues hace siempre lo mismo. Qué monótono y triste debe ser su trabajo, y lo que sea que es su vida>>.
Recién al acabar de saludar a Rafael por su nombre, Rogelio Ochoa intentó dirigirse hacia la mesa en la que diariamente posaba sus posaderas y engullía su infaltable bolsita de nueces y un puño de cacahuates japoneses. Le gustaba ocupar aquel rincón porque desde ahí podía cómodamente observar a los clientes que entraban sedientos y ansiosos por llegar a la barra para pedir su bebida preferida y mirar a otros que salían haciendo eses mientras cantaban desafinados abrazando a sus compañeros de parranda al ritmo de la música de borrachos rurales.
Desde ésa su poltrona favorita, el ahora inalterable compositor de sonetos de rincón oscuro y melancólico acostumbraba mirar la pantalla gigante que mostraba los juegos de béisbol de los gringos. Durante los comerciales, a través de una ventana enrejada y con las cortinas semiabiertas, se entretenía observando y contando de dos en dos a los transeúntes que pasaban apurados rumbo a sus casas.
No había avanzado ni siete pasos desde la entrada cuando al mirar hacia el fondo del local descubrió que su mesa estaba ocupada por alguna irrespetuosa intrusa que seguramente no podía entender que hay lugares que tienen dueño aunque se encuentren en una cantina cercana a la zona de tolerancia. Alguien se le había adelantado otra vez, igual que quince años atrás le había sucedió en su propia casa. Pero lo que más lo descontroló de momento y que hasta se le doblaron las piernas y estuvo apunto de caer sobre sus rodillas, fue que la dama que se encontraba ocupando su silla no reservada había cruzado por su vida muchos años antes y no le traía muy gratos recuerdos. Ella se encontraba sentada justo en el lugar preferido de Rogelio Ochoa.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano por no perder el control de sus emociones, como en el pasado no lo hizo, después de un momento de turbación decidió ocupar otro lugar justo en el extremo opuesto de la penumbra del tugurio, mientras Rafael se encogía de hombros como disculpándose por lo que creyó fue una ofuscación de Rogelio Ochoa a causa de haber sido desplazado de su lugar preferido.
<< ¡Maldita prostituta barata!>> escupió Rogelio Ochoa con coraje, confundiéndose sus palabras con la canción de borrachos que las bocinas de los rincones del antro parecían vomitar al ritmo del acordeón de Los Villalobos.
Ella tenía su abrigo rojo recargado en una silla a su costado derecho y su cigarro humeante se consumía en el cenicero sin que le hubiera dado aparentemente una sola chupada desde que lo encendió para quemar el tiempo. Rogelio Ochoa pareció tragarse el coraje que aquella mujer le produjo con su sola presencia y pidió lo de costumbre para beber sin saber si podría soportar por mucho tiempo el recuerdo del abrigo que ahora parecía burlarse de él.
Con el rostro enrojecido por la ira que ninguno de los parroquianos dio muestras de percibir debido a la penumbra del antro, se tragó la primera copa de una sola sentada como para darse el valor que le faltaba y le dio la primera chupada a su delicado tablón sin filtro para ocultar con la apestosa nube de humo el espacio entre el abrigo del rincón y su propia ofuscación.
Ella tenía sencillamente la apariencia de una mujer simple, pero tenía enredadas las ideas en su cabello rizado, ese cabello que alguna vez estuvo entre sus dedos y que ahora estaba envuelto en una pañoleta roja que combinaba a la perfección con sus diminutos aretes de corazones y fresas rojas sobre un fondo plateado.
Por las obvias apariencias, Rogelio supuso que ella seguía aún disfrutando la vestimenta predominantemente roja sobre su piel bañada seguramente con jabón americano, tal como él la había conocido años atrás.
La exhibición que su escote de la victoria mostraba a los cuatro vientos esa noche parecía haber tenido mejores días y más ideas con qué rellenar el vacío que probablemente los hombres de la oscuridad se chuparon noche a noche mientras él se jalaba los sesos bajo la sombra cuadriculada de las rejas que el celador adjunto pintó de negro.
Su rostro de mujer paseada mostraba sin duda los estragos de una vida acelerada en el mundo pervertido de la oscuridad nocturna y de las trasnochadas habitaciones blancas en las que los héroes de la historia universal cada noche la visitaban para hablarle de un amor infantil con cara de enrejado metálico.
-Se ve medio traqueteada la vieja –pensó Rogelio sin poder conciliar la lucha entre los pensamientos de hoy y los recuerdos de un ayer apasionado y dramático.
Con sentimientos encontrados y revueltos entre las emociones de coraje, de frustración y recuerdos de placer y amor apasionado, Rogelio Ochoa recordó como si fuera hoy el día en que la vio por primera vez. La conoció en una fiesta de la empresa en donde trabajaban su amigo Enrique y ella. Al terminar la parranda se comprometieron a encontrarse por segunda vez para ir al cine a ver una película en el antiguo cine Colonial y luego a cenar atrás de la catedral en una cafetería de chinos que parecen japoneses.
Eran jóvenes aún pues no pasaba de los veinticinco otoños él y de las veintitrés primaveras ella. Fue muy fácil conocerla pero fue por demás inútil tratar de comprenderla y casi imposible perdonarla después que le descubrió sus más eróticos secretos que a la postre destruirían por completo lo que les quedaba de vida feliz.
Se habían enamorado en la segunda vez que se vieron y en la tercera retozaron jadeantes y felices en la cama apasionada de un motel barato por el rumbo de la central vieja de la ciudad de Chihuahua, y luego se bañaron juntos en los baños de vapor de don Daniel. Llenos de pasión y de ilusiones compartieron la totalidad de sus cuerpos y la mitad de sus almas; lograron concebir una relación que en dos días se había convertido en amor y que en el lapso de un mes ya habían visitado al juez para casarse por lo civil.
Luego de tres años de muchos besos y abrazos apasionados y de una entrega casi total, una noche al regresar del trabajo un poco más temprano que de costumbre, Rogelio Ochoa estuvo a punto de infartarse al contemplar la figura reflejada en el espejo de un hombre encuerado ocupando su cama, en tanto ella lo besaba y lo cubría con el abrigo rojo que justo el otoño pasado Rogelio le había regalado en su aniversario de bodas.
Justo como ahora ella usurpaba su lugar preferido en el bar, Rogelio Ochoa había encontrado quince años atrás a aquel hombre profanando libidinosamente su cama sagrada y encima de su mujer en un miércoles de ceniza y con la señal de la cruz en la frente que con los besos apasionados se le escurrió hasta los labios de la católica infiel.
Los siete años sin visita conyugal de los jueves, en los que Rogelio Ochoa fue inquilino de la antigua penitenciaria de la avenida 20 de Noviembre para purgar su condena, nunca pudieron borrar por completo aquel sabor amargo de la traición de que había sido objeto cuando encontró al abrigo rojo poniéndole los cuernos con Enrique, su mejor amigo de la infancia.
Como si el pasado hubiese sucedido apenas ayer, mientras bebía a grandes sorbos de la botella de tequila blanco de medio litro con refresco negro y dos cubos de hielo en cada servida, Rogelio Ochoa recordó haberse lanzado sobre el tipo tratando de estrangularlo para descargar su incontrolable ira, mientras su esposa y el abrigo rojo se refugiaban en el rincón de la recámara asustados sin saber qué hacer.
El mal amigo se defendió con tal entereza que por momentos pareció ganar la batalla. Golpeándose con todo lo que encontraron a su alcance, los amigos de infancia destruyeron algunos muebles y rodaron hasta la cocina trenzados como si lucharan por su entrada al paraíso. No fue sino el amigo infiel el que se fue derechito al infierno después de pedir perdón mientras se desangraba por la cuchillada que el marido ofendido le asestó en el pecho con el filoso cuchillo que durante el desayuno de aquella mañana su mujer había utilizado para cortar los trozos de sandía con que le preparó la bebida para acompañar el par de huevos revueltos con chorizo.
La mujer asustada al ver descubierta su infidelidad, y ante la incontenible batalla cuerpo a cuerpo entre los dos animales humanos, no supo qué hacer cuando vio a su amante muriendo en el piso de la cocina y a su esposo extrayéndole el puñal para dirigirse a ella con la mirada perdida en la tortura de la traición y babeando con sangre bucal su barba de candado cerrado por ambos extremos.
Ella se mantuvo todo el tiempo estampada en el rincón de la recámara sin pronunciar una sola palabra ni grito de terror o de súplica para que el marido le perdonara la vida. Se quedó muda por el terror y por la inesperada escena que había brindado a su amante y apasionado marido cuando llegó del trabajo más temprano que de costumbre. Sin poder demostrar su inocencia ante la infame y obvia traición, ella solo se cubrió el cuerpo desnudo con el abrigo rojo, como si aquello pudiera detener la cuchillada que Rogelio Ochoa estaba a punto de asestarle con la intención de partirle en dos el corazón y arrancarle la mitad que a él le correspondía.
<< ¡Maldita prostituta barata!>> Fueron las inconscientes palabras que el coraje y la frustración le permitieron expresarle a la mujer antes de acuchillarla.
Sin pensarlo dos veces le clavó una vez el puñal en el vientre, y con sus agitadas y nerviosas manos manchadas de sangre le apretó el cuello hasta que le pareció demasiado pesada para seguirla sosteniendo contra la pared. Entonces la dejó caer inerte sobre la alfombra y emprendió la alocada carrera sin dirección alguna, pero sabiendo que se había convertido en asesino de dos en una sola ocasión.
Después de varias cuadras de carrera veloz para intentar alejarse de sí mismo, y justo al ir cruzando el río Chuvíscar por el puente de la avenida Universidad, unos agentes de la policía municipal, que no estaban enterados aún de lo sucedido, lo aprehendieron al verle la camisa blanca manchada de sangre y el abrigo rojo en su mano izquierda escurriendo la muerte por los ojales.
Aquella noche Rogelio Ochoa fue llevado por primera vez a la cárcel y ella se volvió loca por enésima vez, antes por infiel y en esta ocasión debido al pavor sufrido y por el oxígeno que le faltó cuando Rogelio Ochoa le trituró el cuello para castigar su traición.
Fue después de que lo encerraron en la cárcel que Rogelio Ochoa se enteró que la mujer había sobrevivido y no durmió tranquilo en su celda compartida sólo pensando en salir para matarla completamente y para siempre. La próxima vez se quedaría a contemplar el cuerpo inerte de la mujer hasta que no le quedara duda de que la había mandado al otro mundo.
Varios días después del trágico atardecer, y gracias a las noticias del canal nueve de la televisión local, Rogelio se enteró que su mujer había sido internada en el manicomio de la ciudad tan pronto como fue dada de alta del hospital que la atendió. También supo que no le sobrevivió el bebé no anunciado que la mujer llevaba en las entrañas desde dos meses atrás. En cuanto al amigo infiel, solo se comentó que las cuchilladas en el pecho le habían causado la muerte cuando la sangre se le escapó por completo, quedando tirado sobre la cama de la mujer embarazada.
Sí, ciertamente, Rogelio Ochoa se había convertido en el asesino de dos en una sola ocasión; asesinó a su mejor amigo y al hijo de los tres en presencia de la enamorada del abrigo infiel.
Cuando Rogelio Ochoa decidió escabullirse sigilosamente de la cantina para marcharse a su casa, su mujer continuaba sentada en aquel su sillón preferido aparentando mirar sin mirar y bebiendo sin beber mientras acariciaba el abrigo rojo colgando sin vida de la silla, casi adivinando los negros pensamientos que a unos metros de distancia se deshilaban en torno a su vida.
<<Hay amores que matan y rejas que sangran>> se le escuchó decir a Rogelio Ochoa mientras cerraba la puerta del antro tras de su pasado, <<y siete años de rejas que sangran, son suficientes para matar el amor por una mujer, y el odio por una enamorada infiel>>.
Fraternalmente,
El conejo impotente PAULINO ARREOLA ARREOLA escribe@paulinoarreola.com |
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