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ARTÍCULOS DE OPINIÓN OTROS COLUMNISTAS, MÁS ARTÍCULOS JOSÉ LUIS DOMÍNGUEZ
LA LITERATURA ESCRITA POR AUTORES CUAUHTEMENSES Y LOS PREMIOS LITERARIOS. Por José Luis Domínguez.
Es indudable que, en literatura, está ocurriendo un fenómeno muy interesante en Cuauhtemoc. Leopoldo Zapata Villegas obtuvo el año pasado el prestigiado Premio Chihuahua de Literatura 2007, en el género de la dramaturgia.
El jurado calificador estuvo integrado por Leonor Azcárate, Otto Minera y Tomás Urtusástegui, quienes decidieron votar en forma unánime a favor del escritor cuauhtemense por considerar que la obra, a decir de los jueces, está contenida bajo el esquema de un lenguaje ágil y nos revelan a esos personajes que vuelven entrañables por todo aquello que los separa; sus diferencias sociales y culturales, y por su único punto de coincidencia: el desamor.
A mi juicio, Cecilia y Joaquín (o Los fantasmas vivos), de Leopoldo Zapata Villegas, ganadora del Premio Chihuahua de Literatura 2007 en el género de la dramaturgia, es una obra inusual dentro del panorama teatral de nuestro estado, no sólo por esa cualidad que tiene de ser una comedia ligera que encierra una historia de amor de las llamadas coloquialmente de “rompe y rasga”, el choque de dos culturas diametralmente opuestas, el drama de la soledad de dos seres que se encuentran y cuyo punto de reunión se centra en el recuerdo de sus amores ausentes respectivos. Adelina es una indígena tarahumara, quien, como figura trashumante, ha buscado refugio en la casa-taller de un sastre chabochi (hombre blanco) llamado Leo.
A lo largo de la trama, estos dos personajes nos irán revelando, mediante un juego de alegorías sutiles, el verdadero peso que tienen los seres no visibles sobre los visibles; el poder de los fantasmas sobre los seres vivos. Detrás de esa aparente ligereza con la que se mueven los trasfondos psicológicos de cada uno de ellos; detrás de esa máscara simpática, empática, representada por sus voces, por sus diálogos aparentemente inocentes y cotidianos, se vislumbra esa lucha constante que ambos sostienen contra las circunstancias y su fatalidad que los ha ido encajonando en esa soledad existencial que por momentos parece abrumarlos, amenazando con acabar con ellos.
Cecilia y Joaquín (o Los fantasmas vivos), de Zapata Villegas, rompe por fin con ese cliché de que la tragedia vende más cuanto más amarillista, cuanto más barroca, más manierista, más rococó, se muestre en su estructura. Sin necesidad de llegar a los excesos, esta obra habrá de dejarnos mucho en qué pensar a sus lectores/espectadores; habrá de marcarnos con una profunda huella y nos dejará la clara certeza de que, en efecto, hay otros mundos dentro del nuestro que aún no hemos podido explorar, pero que están ahí, acechando, esperando por cada uno de nosotros.
Cecilia y Joaquín (o Los fantasmas vivos) es una obra realmente conmovedora, ingenua, plena de crueldad y de ternura; liviana y profunda, poética y realista; dualidades que sin ser funestas, hacen de ella una excelente muestra de que el teatro escrito por autores chihuahuenses goza aún de buena salud.
Con este logro de Leopoldo Zapata Villegas, bien se podría decir que el Premio Chihuahua, en sus cinco disciplinas de la rama de la Literatura, ha llegado a la comunidad cuauhtemense por virtud, obra y gracia del cálamo de un escritor local.
Recuérdese que el primero en obtenerlo fue Raúl Manríquez en el 2000, por su novela “La sierra es frágil”, misma que sería publicada por la editorial Plaza y Janés con el título “La vida a tientas”. Siendo Raúl Manríquez un narrador vigoroso, el mismo año en el que Leopoldo obtuviera el Premio Chihuahua, consiguió traerse desde la frontera sur, Mérida, Yucatán, el Premio Nacional de Novela “Justo Sierra O´Reilly”.
El segundo Premio Chihuahua fue el de José Luis Domínguez, en el 2001, con el polémico libro de ensayos “El jardín del colibrí” -mismo que ya pide a gritos una reedición, corregida y aumentada y con adenda-.
El Tercero de la serie lo ganó una joven maestra que no pertenecía a ningún taller, autodidacta, como la mayoría, hecha por la vida y por los libros, Lucía Mendoza Cano, con su colección de cuentos “Larvario” el 2003.
El cuarto Premio Chihuahua lo obtuvo un joven poeta surgido de las filas de los talleres coordinados por Raúl Manríquez, Edgar Trevizo, de los Tres Tristes Trevizos el mejor, con su libro “Blind Sugar” en el 2004.
De tal suerte, con Leopoldo Zapata Villegas, los Premios Chihuahua de novela, ensayo, cuento, poesía y dramaturgia cierran su primer ciclo, y agárrense que vienen más detrás de nosotros y vienen pisando fuerte.
Leopoldo Zapata Villegas es uno de los pioneros de los talleres literarios que desde 1985, con Raúl Manríquez, y en 1992, con José Luis Domínguez, se han venido gestando en la comunidad cuauhtemquí (Servín Dixit). Su obra literaria no se limita a la dramaturgia, en la que, por cierto, obtuvo su diplomado en el INBA de la ciudad capital, y de cuya trayectoria como actor y director de obras de teatro diversas y pastorelas ha sido un arduo promotor, sino que también ha abordado y con calidad similar los géneros narrativo y poético, aunque hasta la fecha, por cierta clase de indolencia nietzscheana, siga inédito. Ha publicado en las revistas habidas y por haber en Cuauhtemoc: “Senderos”, “Voces de tinta”, “La Fragua”, “Esdrújula”; y en “Letras y algo más” en la capital del Estado. Colaboró con sus poemas y cuentos en “El Heraldo de Cuauhtemoc” en los ochentas, y en una sección cultural del mismo periódico en los noventas.
Nadie en ciudad Cuauhtemoc, reitero, sólo en ciudad Cuauhtemoc, que no haya trabajado arduamente para poder escribir una obra merecedora del premio estatal de literatura, ha conseguido, ciertamente, obtenerlo.
El hecho de que los autores cuauhtemquíes estén ganando premios, tanto estatales como nacionales e internacionales, evidencia el arduo trabajo que han tenido que ir desarrollando en una preparación casi autodidáctica y sin apoyo de ningún departamento de gobierno municipal o instituto de cultura estatal, en donde el único que viaja a Europa y a México como si fuera a la tiendita de la esquina es el dizque encargado de Atención a creadores en el Instituto Chihuahuense de la Cultura, el malogrado poeta y biógrafo colombiano Mario Saavedra, desatendiendo su rubro pero eso sí, cobrando lo que no desquita, corriendo de su oficina a los creadores para encerrarse como el viejo alumno de Rilke, a escribir para la revista Universidad o la revista Siempre, a ver si le publican. Tampoco se debe a la falsa atribución que se nos achaca de ser mafia cultural que algunos grupúsculos de pseudoartistas, de aquí y de allá, han propagado a veces con un empecinamiento tal que ya aburren con su cantaleta. El secreto del éxito, aunque relativo, como toda clase de éxitos, es la frase que hemos adoptado los que vivimos en la tierra de la manzana, Labor Omnia Vincit, que es el lema del noble y soberano estado de Zacatecas y que en latin significa, el trabajo lo vence todo. Por José Luis Domínguez. joseluispoetry@hotmail.com
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