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Mensaje de Paulino Arreola Arreola durante la presentación del libro Cuentos de Francisco Machiwi Centro Cultural Quinta Gameros, 26 de junio de 2007, 20:00 horas. Maestro Humberto Quezada Prado, Maestro Francisco Ernesto Durán Hermosillo Lic. en Educ. Indígena Sra. Nicolasa Gardea Cruz Mtro. Oscar Erives Moderadora Ana Elia Bustillos Espino Señores y señoras, asistentes todos.
“No tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre,” dice el dicho, así que trataré de hacer lo mejor que pueda hoy, para no tener que disculparme más tarde. Humberto Quezada Prado me invitó a este evento, por tanto, que con su pan se lo coma. Con todo el respeto que merece la primera presentación de un libro ante la sociedad, empezaré por rescatar un poco de lo mucho que percibí en el libro Cuentos de Francisco Machiwi, palabras que plasmé justo después de leer el libro en una sola sentada, aunque no me parece adecuada la expresión, porque leemos con la vista, pero en fin. Sorprende la intensa brevedad de cada una de las narraciones en la encrucijada existencial de un indígena tarahumara de apellido Machiwi, quizás porque estas narraciones van impregnadas con un enfoque pedagógico, del que el autor no puede ni debe desprenderse, porque él mismo es parte de la historia de la educación en el siglo XX y lo que va del XXI. En Cuentos de Francisco Machiwi encontramos lecturas que distraen, que entretienen, que divierten y que buscan despertar, y/o acrecentar, los hábitos de lectura, pero especialmente el de la lectura por placer. Machiwi, su esposa Tomasa, su Tomasa, y Régulo, su “únicuijo”, evocan la trilogía familiar del antiguo testamento. Y aunque estas historias no fueron escritas para ser leídas en el Edén -pues suceden en la región de Wachochi- nada le envidian a lo que pudo haber sido el Paraíso, por lo que respecta al placer que se siente al leerlas. Aunque algunas de estas narraciones parecen haber sido extraídas de la fantástica imaginación del autor, el lector no debe confundirse, pues en el mundo de Humberto Quezada Prado más cierta es la fantasía que la realidad. Como en algunos cuentos de Horacio Quiroga, en los de Quezada Prado, el tiempo parece detenerse en algún momento de la eternidad, dando la falsa ilusión de que nada sucede. Así, Quezada Prado logra con su virtuosa narrativa su objetivo al mantener al lector entretenido e interesado en lo que parece no estar sucediendo, o que posiblemente jamás sucedió o sucederá, tal como hacen las mujeres de rancho, al permitir que la vida se escape, con la sempiterna esperanza de que algo importante suceda. Al final, ellas se encuentran viejas y acabadas, pero felices de haber vivido cada momento de sus vidas como si ni el pasado ni el futuro hubiesen existido. Los cuentos de Machiwi me parecen muy interesantes, precisamente porque no exaltan los valores ni los vicios de una raza en particular, ni festejan una región en especial. Son un clarísimo y subyugante rescate de la cotidianidad del ser humano de cualquier parte del mundo, de cualquier época de la humanidad. Así entendido, Machiwi se convierte en un ser universal de la talla de los más grandes protagonistas de la historia porque cuenta relatos tan cotidianos que por tanto repetirlos ya no nos damos cuenta que suceden, y acaso dejamos que la vida se nos vaya muriendo a cada instante. Machiwi es la leyenda épica que casi todos hemos atesorado en lo recóndito de nuestra mente, casi como un sueño inalcanzable, y que, sea para bien o para mal, muy pocos nos hemos atrevido a mostrar al mundo. Machiwi, en este libro, es el hombre universal. Yo no sé si Francisco Machiwi se inventó a sí mismo. No sé si Humberto Quezada Prado, en este libro escribió su autobiografía, o la mía. Fue quizás Tomasa, sí, su Tomasa, quien dictó estos Cuentos de Francisco Machiwi al autor. No sería difícil pensar que Humberto Quezada Prado tiene sembradas algunas video cámaras, ubicadas en estratégicos rincones de la sierra tarahumara, pues las historias del libro son tan convincentes, tan reales, llenas de imágenes tan claras, cual si el propio autor las hubiese vivido, y sufrido en carne propia, como si de profesor se hubiese transformado en antropólogo, en sociólogo, en psicólogo o en fotógrafo que retrató con palabras el cúmulo de instantes que caben en una vida. Francisco Machiwi pasa horas enteras a la intemperie, meditando, preguntándose y respondiéndose, mirando las estrellas de medianoche, tratando de encontrar una explicación a la inmensidad de la bóveda celeste, intentando encontrarse a sí mismo en la vastedad el universo. Machiwi escupe sobre el piso de tierra de su cabaña, y en el escupitajo se libera de todos los demonios que lleva sobre sus espaldas, porque no puede olvidar que la tierra representa su principio y su fin, su todo y su nada. Francisco Machiwi, así como la lechera, también lleva su cántaro al mercado “… con aquella presteza, aquel aire sencillo, aquel agrado…”, y al final del día sabe que la leche se ha quemado. Francisco Machiwi también va dejando migajas de pan en el trayecto de su vida, porque el día que decidió internarse en el bosque sabía, porque así se lo ha enseñado la tradición que pasó el conocimiento de boca en boca, de mano en mano, que a pesar de todo, no podría regresar al origen, por más que lo intentara. Machiwi sabe que aunque desande sus pasos, ya no podrá volver a Wachochi ni a Nonoava, porque ni esos lugares, ni el camino, ni el mismísimo Machiwi serán ya lo mismo. Machiwi se empeña en dejar una piedra boluda a la orilla del camino, pero no comprende cómo es que al día siguiente la piedra no está en su lugar. La busca y la vuelve a acomodar, esta vez la oculta un poco mejor de las miradas de otros caminantes que van por el mundo en su propia dirección, y al volver ya no la encuentra. Otra vez la busca y ahora la oculta definitivamente en un lugar que sólo él sabe, a la orilla del camino. Así pasan los días y los años, y la piedra nunca puede ser encontrada en el mismo lugar, como si fantasmas viniesen tras de los pasos de Machiwi para recordarle que nada de lo que sucedió ayer puede ser hoy. ¿Qué significa la piedra boluda a la vera del camino? ¿Será acaso el miedo que queremos dejar atrás, pero que ocasionalmente atisbamos para ver si ya lo pudimos dominar? Machiwi se pregunta si esa piedra representa la llave que al volver a Wachochi le abrirá la puerta del hermoso lugar del que fue expulsado. La piedra, quizás, representa los sueños perdidos y los hijos no reconocidos en el transcurso de una vida, las metas no logradas y las fantasías abortadas. A Machiwi no le interesa llegar a la meta antes, ni junto a todos los demás corredores del maratón en el que se inscribió. Le sabe mejor abandonar la carrera en el momento que divisa una ranchería en la que tiene amigos. Él sabe que sus amigos apreciarían una visita, aunque sólo sea para beber teshuino durante dos días con sus noches. Luego vuelve a su casa y ahí lo espera, como Dios manda, Tomasa, su Tomasa, paciente, resignada, y ante la mirada fulminante que le lanza a Francisco Machiwi, éste sólo se molesta en contestar igualmente con la mira diciendo: “ya vine vieja”…y la vida continúa. Analizar en una velada este libro de Humberto Quezada Prado, suena tan ilógico como imposible, pues ni el mismo Quijote, de Cervantes, ni los Cien años de Soledad, de García Márquez, han terminado aún de analizarse, pero anoten la fecha de hoy, para que después se pueda comparar cuántos años se tardaron los que saben de eso, en detectar que este libro y su autor son buenos candidatos al gran y único premio de literatura de la actualidad. Con el libro Cuentos de Francisco Machiwi, hemos encontrado finalmente el tercer vértice del triángulo. Tenemos el primero de los vértices en la región de La Mancha; el segundo, en Macondo, y ahora, quizás, el tercero de los vértices del triángulo en la región de Wachochi. Gracias. Paulino Arreola Arreola |
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