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José Manuel García García reseña el libro
El agua y la sombra
Cambiante como agua de un río, inasible como una sombra Para Jesús Chávez Marín, queridísimo Por José Manuel García García
Veo la foto que está en mi escritorio: estoy entre mi madre y mi abuela. Tendría allí unos ocho años. Recuerdo esa camisa azul de manga corta. Recuerdo que esa mañana fuimos al peluquero para que me emparejara los pelos siempre rebeldes. La foto la tomó mi padre.
No recuerdo el rostro de mi padre, sólo el aliento agrio del peluquero, la camisa azul, mi nerviosismo ante la cámara fotográfica de mi padre.
Cuarenta años después, un poeta amigo, también trata recordar su pasado a través de una colección de imágenes. Leo en uno de sus poemas titulado: “Carro pintado de azul”. (No dice “coche”, dice “carro”. Me identifico con el anglicismo).
Leo los primeros versos: “Mi abuela dice que el primer carro que vi era azul. / Al recordar que recordaba, yo digo que era verde. / El carro ya no existe”.
Yo hago un esfuerzo por recordar el carro de mi padre: era un convertible blanco, recuerdo que el día de la foto, por la tarde, fuimos al El Paso, Texas, nos estacionamos por la calle El Paso, cerca del Cine Plaza. Recuerdo los aparadores de las tiendas. Era verano… el calor de las cuatro de la tarde.
Vuelvo a leer el poema de Servín. Me gusta. Es como si Servin estuviera conversando con un grupo de amigos.
Lo imagino oyéndolo atentamente: “Como una imagen rayada por una vara en el agua / los recuerdos se funden, se confunden”.
…
(¿Por qué no recuerdo más de ese día en que vi por última vez a mi padre? ¿Dónde quedaron las demás fotos? A mi madre le cuesta hablar de ese lejano día).
Servín concluye su poema diciendo: “Así de frágil es el pasado”.
Es el poeta que nos ayuda a recordar nuestra incapacidad de recordar. Es el poeta que habla de la memoria cristalina como el agua, fugaz como la sombra.
Páginas adelante, encuentro otro poema que habla de fotografías, el texto se llama, “Grupo de muchachos jugando al béisbol”.
Servín está contemplando una vieja fotografía. En ella están unos jóvenes: “Algunos sonríen, todos se detienen para el fotógrafo. / Hay orgullo y hay pose en esos cuerpos. Y también algo de ridículo / en esos uniformes, más allá de la moda, que dicen “La Esperanza”. El orgullo de una juventud que ya pasó; cuerpos que ahora ya no existen: la juventud es el río de Heráclito; es la pregunta que nos viene desde el tiempo oscuro del medievo: "Ubi sunt qui ante nos fuerent?": ¿Dónde están los que fueron?
Servín observa la fotografía y nos da en sus palabras lo que mira: “Se mira el campo al fondo, algo borroso, con hojas caídas o pasto / y arriba hay árboles profundos / en sepia y sol”. “El más joven del grupo, sin embargo (y aquí parece un niño) / es mi abuelo, que murió de vejez. / Hará treinta años”.
Fue el último día que vi a mi padre. Se fue a otro país. De lo que pasó luego, tengo versiones incompletas, contradictorias.
La familia guarda sus secretos en el baúl de las tristezas.
En su madurez, escribe Borges, al ser humano le nace un rostro en la nuca para mirar al pasado mientras camina al futuro, al encuentro de sus últimos días con la vida. ¿Para qué recordar? Es mejor pedirle a la memoria (que lo enreda todo con su mezcla de sueños y de recuerdos), que se calle un poco…
Pero sin la memoria ya no tendremos el presente continuo que hace la identidad y la idea del futuro que recrea utopías. Sin memoria seríamos como el gato que vive en un eterno presente.
Servín sabe de lo que hablo: es poeta. Virtuoso del lenguaje que conoce el sabor de las preguntas sin respuesta: “Pero ¿qué quiere decir recordar? / ¿Detener de unas pocas imágenes / blandas a la invención o los deseos / limadas por la distancia insalvable de los días / para querer asir algo tan grande y transparente / como cualquier mañana?”
Una fotografía es “el engaño colorido”, pero es también un instante que fenece. Igual que una imagen en nuestra memoria, imagen que nunca será igual a sí misma (otra vez Heráclito), pues está formada de fragmentos que cambian según nuestra emociones.
Pero no podremos dejar de recordar. La memoria es nuestra esencia. Nuestro espíritu, ese que vaga a veces por nuestros sueños y regresa con memorias ajenas, con nombres y rostros de gentes que no conocimos.
Mi padre es ahora esencia que encontré (o me encontró) en los páramos de un sueño.
O para usar las palabras de Servin. (Dije “usar”, porque la poesía es el mejor instrumento para evocar lo inasible):
…que mi memoria sea de cualquier forma la memoria de aquellos quienes me precedieron. Sean mis ojos
los ojos de mis muertos
aunque lentos se alejen en el agua
y la sombra. No conozco los rostros de los fantasmas que evoca Servín en sus poemas. Pero sus palabras me ayudan a evocar (no sin ternura) a los míos.
Agosto 2009 José Manuel García García. |
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