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José Manuel García García reseña el libro Tamoanchan y Tlalocan de Alfredo López-Austin
¿Qué es el Tomoanchan? (Semblanzas: autores chihuahuenses) Por José Manuel García
Hay libros que sorprenden, que te ayudan a comprender creencias tan lejanas que creías perdidas. Tal es el caso del libro Tamoanchan y Tlalocan (FCE, 1994, con 7 ediciones) de Alfredo López-Austin. Un académico originario de Ciudad Juárez, Chihuahua, dedicado a desentrañar las premisas teológicas de los místicos-aztecas.
Lo que van a leer enseguida es una serie de impresiones de mi propia experiencia de lectura.
Tamoanchan, para los poetas mexicas, fue el lugar de la niebla. Tlalocan fue también el sitio de la niebla… con estas palabras comienza López-Austin su hermoso libro. Dice: “la niebla mezcla el sueño y la vigilia”, “mezcla la historia y el mito”. Este tono crea un ambiente de duermevela vigilante: estamos ante un texto escrito por un antropólogo, pero es una obra escrita con autoridad y al mismo tiempo con imaginación especulativa. ¿Cómo debo leer esta obra? No con una pretensión científica. Mi perspectiva se inclina más a la niebla saturada de sueños y mitos…
El que muere, su “alma”, llega a un páramo cubierto de niebla. Busca su rumbo en la espesura, quiere llegar a su destino final. Al lugar del eterno presente. A la casa de los descarnados protegidos por el dios Tlaloc. “Allá arriba”, piensa el recién llegado a las fronteras del inframundo, “allá arriba está Tamoanchan, el lugar de los dioses creadores. Acá abajo, está Tlalocan, la montaña hueca llena de frutos. El lugar de la eterna estación productiva”.
Al Tlalocan van los que han muerto por un golpe de rayo, los ahogados, los bubosos, los hidrópicos.
En cuanto a Tamoanchan, nos dice López-Austin, algunos investigadores creen que es una región real, otros que es un lugar mítico. La niebla continúa.
El muerto, su esencia, sigue su paso por los caminos de la niebla. En vida supo que al morir iría al lugar del eterno ahora. Que el tiempo es sólo la energía de la vida en la tierra, esa que quedó allá atrás, en la región de la vida pasajera.
El muerto, su otro ser, se encuentra ahora caminando por el sendero de los descarnados.
En la cultura mesoamericana (nos explica López-Austin), hay una sola visión del cosmos, éste sigue movimientos cíclicos impulsados por oposiciones binarias y complementarias: muerte/vida, frío/calor, agua/frío, lluvia/sequía, hembra/macho. Cada elemento en oposición tiene una cantidad limitada de esencias emanadas de los “cuerpos” de los dioses creadores: es la energía que pone en movimiento al mundo.
Para los pueblos mesoamericanos no importa tanto la representación de un determinado dios, lo más importante es su función: ¿Qué puede hacer? ¿En qué capacidad?
El muerto, su energía descarnada, supo, cuando era niño allá en la tierra, que la muerte era necesaria para restituir la energía que los dioses le habían otorgado. Que la cuota de esencias divinas, esas que dan y mueven la vida, son limitadas: morir es reciclar energías. Morir es volver a la semilla, o mejor, ser semilla en Tlalocan, el inframundo.
Cada pueblo mesoamericano tenía sus propios dioses o tenía dioses “prestados” de otros pueblos, la razón era simple: los dioses eran al fin y al cabo, réplicas de la energía de los o el dios creador. Sus potencias llegaban a crear “grupos humanos particulares”, por eso “cada grupo humano podía tener o elegir a su dios protector particular”. Su politeísmo era polisémico.
El muerto, su entidad sin cuerpo, apenas percibe a través de la niebla, los cerros sagrados. Busca uno de ellos, el suyo, el de su grupo tribal. El cerro sagrado o su montaña primordial es lo que en vida fue el Templo Mayor en Tenochtitlan: símbolo del corazón de la tierra, su Tlalocan.
Para nosotros la pirámide del Templo Mayor es un símbolo arquitectónico, para el mexica era la representación del corazón del universo. La pirámide era el cerro de Tlalocan, donde crecía el árbol cósmico, centro de los cuatro puntos cardinales sostenidos por los cuatro postes o árboles tribales. El árbol cósmico, alegoría de tantas historias del origen de la tierra: no sostenía el universo, era el universo, su representación: se trata de un árbol de dos troncos helicoidales, que se abrazan como serpientes hacia arriba (estos troncos son la sabia o Tamoanchan, la sustancia vital del universo); la raíz del árbol es parte del Tlalocan o inframundo, donde caen las semillas para alimentar la vida). La copa del árbol cósmico es el cielo y sus 13 niveles.
Tamoanchan y Tlalocan tienen, como los dioses mesoamericanos, una multiplicidad de significados.
El muerto, su memoria (que está a punto de abandonar), encuentra al perrillo guía, que lo conduce a un río donde lo espera una canoa. Los cerros que ha visto no son los suyos. La niebla se despeja. En la otra orilla, los suyos lo esperan. Debe cruzar una calzada, caminar entre mercados, grupos danzantes, llegar a los grandes edificios donde están las casas de los dioses y el gran cerro primordial (su Templo Mayor). Sabe que al llegar a su casa, su memoria, su energía, nutrirá al gran árbol cósmico. Volverá a la vida en otra forma o formas al reintegrar la energía que una vez le fue prestada.
Así es la naturaleza humana, réplica de la naturaleza de sus dioses.
Nosotros al pensar en dios, no dejamos de asociarlo con un icono y con la “Palabra Divina” registrada en la Biblia. En cambio, nos dice López-Austin, los mesoamericanos creían que el universo era una sustancia limitada y en movimiento permanente: tal esencia tenía características precisas: 1. Era divisible: Tlaloc podía ser el río y la lluvia, el rayo y el fuego. Quetzalcóatl podía ser un dios y al mismo tiempo un individuo histórico. 2. Se podía integrar a su fuente original: cuando los hombres-dioses mueren, retornan la energía prestada al dios creador. 3. Podía separar sus componentes, Quetzalcóatl, que siendo él mismo era también sus advocaciones: Ehécatl, el señor del viento, y es Tlahuizcalpantecuhtli, el dios de la primera luz del día. 4. Por último, la sustancia divina podía reagruparse para formar un nuevo dios, así ocurrió con el dios Nappatecuhtli, el señor cuadrúple, formado por cuatro divinidades.
El muerto, la parte de su esencia que ya existe en el eterno presente, sigue su curso cósmico, se unirá a la esencia primordial que alimenta el movimiento del universo. El viaje a la muerte, apenas inicia su nuevo ciclo: volverá a la vida en un color de flor, en una mariposa, en piedra de obsidiana, en pluma de quetzal, en la mirada de un niño que está por nacer.
Termino mi reseña: nuestro López-Austin ha publicado casi una veintena de libros. Menciono algunos relacionados con el libro reseñado: Hombre-Dios (1973) dedicado a la figura mítica de Quetzalcoatl, y donde el autor desarrolla una de sus ideas motrices: que los dioses pueden alojar parte de su esencia en la naturaleza humana. Los mitos del Tlacuache (1990), donde el tlacuache se transforma en el personaje clave, generador de leyendas folklóricas: es la personificación de la astucia, ladrón cósmico de una de las energías del mundo: el fuego divino, que hurtó para entregárselo a los hombres.
Alfredo López-Austin, investigador emérito de la UNAM, incansable investigador de las religiones y los mitos mesoamericanos. Brillante en sus especulaciones del pensamiento de los mexicanos antiguos, conocedor del nahuatl y su universo que nos habla de esencias divinas. Los seres humanos somos una expresión de dios sobre la tierra, permaneceremos aquí sólo un ciclo, o como diría Nezahualcoyotl: “Como una pintura / Nos iremos borrando. / Como una flor, / Nos iremos secando / Aquí sobre la tierra.” Al morir, volveremos “a la casa” donde seremos de nuevo parte de la semilla primordial del corazón del universo. Nuestra esencia fue sangre, ahora en la casa de Tlalocan será sabia secreta para volver a otro ciclo y permanecer un poco más “aquí sobre la tierra”.
Agosto, 2009 José Manuel García García. |
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