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José Manuel García García reseña el libro

Cuando fui mortal

de Javier Marías

El libro de los que fueron mortales

Por José Manuel García

New Mexico State University (http://web.nmsu.edu/~jmgarcia/index.html)
(Javier Marías, Cuando fui mortal. (España: Punto de Lectura, 2000.)
 

(Marías: el rey King Xavier I)

 

La soledad, el descubrimiento de algo triste o terrible, son los temas dominantes del libro de cuentos Cuando fui mortal, de Javier Marías (autor de Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensas en mí, para nombrar dos de sus mejores novelas).
Marías es académico, traductor y rey King Xavier I del Reino de Redonda. Ha otorgado ducados a directores de cine y autores contemporáneos. Esto en la tradición del Gran Sátrapa Julio Cortázar.

 

Del cuantario Cuando fui mortal, me sedujeron por su virtuosismo tres cuentos: “Cuando fui mortal” (1993), “No más amores” (1995) y “El médico nocturno” (1991). Cuentos de los que ahora paso a hablar.

 

(Sherezada la vieja)

 

El cuento “No más amores” abre con la siguiente tesis: “Es muy posible que los fantasmas, si es que aún existen, tengan por criterio contravenir los deseos de los inquilinos mortales, apareciendo si su presencia no es bien recibida y escondiéndose si se los espera y reclama”.

 

De la tesis pasamos al argumento: Según un tal Lord Rymer, Molly Morgan Muir tenía un peculiar trabajo: leerle todas las tardes a la anciana Cromer-Blake una de las novelas clásicas que aguardaban en los estantes de la extensa biblioteca de la anciana mujer (la biblioteca no se menciona en la historia).

 

Continúo con la trama: La voz de Molly Morgan Muir atrajo la atención de un rústico y atento fantasma joven. El fantasma, fascinado por la voz, o los labios, o tal vez las historias leídas, se reunía con las mujeres cada tarde.

 

Lo cierto es que la anciana Cromer-Blake nunca se enteró de la presencia del silente escucha.

 

Pasó el tiempo.

 

La señora Cromer-Bake murió de vieja, pero Molly Morgan Muir siguió leyendo cada martes para el oído de su querida presencia intangible.

 

Molly Morgan Muir envejeció.

 

El fantasma tuvo la gentileza de dejarle como despedida una marca en un libro de Dickens que decía: “Y ella envejeció y se llenó de arrugas, y su voz cascada ya no le resultaba grata”.

 

El aparecido constante dejó de serlo…

 

Y aquí la historia toma un arriesgado rumbo neo-romantico: Molly Morgan Muir se resignó hasta sus últimos días a leer cada martes aquellos libros de habla inglesa que tanto habían deleitado al ahora desaparecido.

 

Así, Molly Morgan Muir se convirtió en la Sherezada de las mil y una noches; pero las historias no eran para el rey Shahriar; eran para un ingrato ausente. Y Molly Morgan Muir por más que modulase su voz, no sería la bella joven árabe de libro de Hazâr Afsâna, sino la anciana de la “voz cascada y sin belleza”, la abandonada por el cruel inmortal (ese que había gozado de su voz, de las formas de su boca y tal vez, del placer que da la literatura) y que quedó prisionera en la rutina de rumiar palabras para el oído de nadie.

 

(El crimen perfecto es aquel que es posible pero no probable)

 

“El médico nocturno” es la historia de un crimen, o tal vez, es la construcción de una serie de pistas falsas que llevan a una conclusión falsa: “ ‘El médico nocturno’ es la historia de un crimen…”

 

Lo cierto es que estamos en París y un hombre, después de una cena, cree descubrir la complicidad de dos italianas para matar a sus respectivos maridos. Al parecer, ambas utilizaban al mismo médico para lograr sus propósitos.

 

Ese hombre que va a París es un español que se queda en casa de su amiga italiana: Claudia. Ella tiene un esposo de figura grotesca: era un hombre largo, “medía casi dos metros y estaba gordo, sobre todo en el pecho, una especie de peonza parecía rematada por dos piernas tan flacas que parecían sólo una”. Su nombre era Hélie, y compartía con el esposo de la amiga de Claudia, la otra italiana, la tacañería y el odio por todo lo español.

 

La noche de la cena, el hombre que va a París escucha las confidencias de su amiga Claudia. Ella comparte con su amiga un gran odio a sus respectivos maridos.

 

Las confidencias de Claudia se ven interrumpidas por la llegada de un médico, sujeto parecido al médico que atiende al esposo de la otra italiana: ambos médicos (o el mismo) hablan español y llevan “un maletín” en la mano izquierda.

 

A partir de este momento, el relato se convierte en un juego de silencios y penumbras, como en un thriller de Alfred Hitchcock (Vertigo o The Rear Window): vemos a Claudia encerrarse con el médico, después de unos minutos salen hablando en voz baja; entran a la recámara donde duerme Hélie; el médico sostiene en su mano una inyección...

 

Pasan los meses.

 

Nuestro protagonista instalado en su casa en Madrid, se entera que Hélie murió misteriosamente. Piensa que la próxima vez que vaya a París, posiblemente no se atreva a preguntar por la amiga de Claudia, “no quisiera correr el riesgo de enterarme acaso de que también ella ha quedado viuda desde mi marcha”.

 

La lenta descripción de ambientes en penumbras antes del (posible) crimen; las pistas (¿falsas?) que sin querer va encontrando el hombre: el misterioso médico del maletín en la mano izquierda, la similar tacañería de los maridos de las dos italianas, el odio de las dos mujeres hacia sus esposos y el veneno letal que -tal vez- le inyecten a los maridos, hacen de este cuento un memorable tejido vivo del suspenso.

 

(La epifanía del inmortal memorioso)

 

“Cuando fui mortal” es, me parece, el mejor cuento del libro de Marías.

 

Es la historia de un fantasma que va reuniendo las piezas de una memoria colectiva en un entorno cerrado y personal. Se trata de recuperar parte de su niñez: Aquélla donde fue feliz. Y recuperar la historia de sus últimos días.

 

El fantasma regresa a su antigua casa, ahora de otros: “Las casas que habitamos están cambiadas y en ellas hay inquilinos que ni siquiera saben de nuestra existencia pasada, ni la conciben”.

 

Para el inmortal el tiempo “no pasa, no transcurre, no fluye, sino que se perpetúa simultáneamente y con todo detalle”.

 

Es en ese tiempo donde confluyen los otros tiempos vividos; ahora son reconstrucciones de horror concreto, excesivo y lo repetitivo: “La maldición consiste en recordarlo todo, los minutos de cada hora de cada día vivido, los de tedio y los de trabajo y los de alegría, los de estudio y pesadumbre y abyección y sueño, y también los de espera, que fueron la mayor parte”.

 

Además, ese tiempo tiene otra cualidad (sin duda borgiana): Nos dice el fantasma: “Ahora no sólo recuerdo lo que vi y oí y supe cuando fui mortal, sino que lo recuerdo completo, es decir, incluyendo lo que entonces no veía ni sabía ni oía ni estaba a mi alcance, pero me afectaba a mí o a quienes me importaban y acaso me configuraban”.

 

La perspectiva de un mortal es parcial: la de un inmortal (un fantasma) es omnisciente. Para un mortal la gente que lo rodea actúa como en un escenario de acciones impredecibles e inexplicables. Nos falta el dato secreto, lo que ellos, los otros, piensan, dicen y hacen en relación a nosotros. En cambio, un ser inmortal puede ver a través de las otras perspectivas. Por eso su nueva existencia es un estado de horror y tortura: saberlo todo es un conocimiento que nos duele porque descubrimos los engaños de la vida.
La perspectiva de los otros es contra nosotros.

 

El fantasma se entera de que aquél recuerdo de niñez en el que había la amistad y las caricias protectoras del doctor Arranz, y las continuas cenas donde su padre y su madre reían en compañía del mismo Arranz, eran sólo el escenario que ocultaba la realidad: el bueno de Arranz había amenazado a su padre (ex combatiente republicano) de denunciarlo a la policía franquista. Y cada tarde, Arranz violaba a la madre del niño. Las risas recordadas provenían de un solo personaje: el doctor Arranz.

 

Para su desconcierto, el fantasma se entera de su parecido con Arranz. (¿Su padre biológico?)

 

También recuerda sus últimos años: la rutinaria doble vida del adúltero: María, su amante, le era fiel y servicial en la cama; Luisa, su esposa, sostenía, por su parte, una relación con un hombre llamado Manolo Reyna (también parecido a Arranz).

 

En su nuevo estado de omnisciencia, nuestro fantasma se da cuenta de que Luisa y Manolo planean su muerte.

 

Aquí el relato tiene aquí algo de “Continuidad de los parques”, de Cortázar; pero Marías resuelve de otra manera el crimen: los amantes contratan a un sicario para que mate a martillazos al marido.

 

Tal es el último recuerdo en vida de nuestro ahora inmortal.

 

Suponemos que como fantasma, seguirá recordando otros momentos, irá a escuchar alguna conversación donde (nos dice), se “nos menciona o critica o incluso defiende, o (se) nos juzga y condena a muerte”.

 

Tarea que repetirá en su ahora de ser infinito, inmortal.

 

(Epifanías de la soledad y la tristeza)

 

Los tres cuentos hablan de la soledad:

 

Un fantasma que gasta parte de su eternidad escuchando a una mujer que lee novelas; una vieja que lee esas mismas novelas para un fantasma que ha desaparecido literalmente de su vida.

 

Un hombre que viaja para descubrir cómo viven dos tiranos casados con mujeres infelices y homicidas.

 

La absoluta y eterna soledad de un fantasma que busca recuperar los espacios perdidos, las voces no escuchadas en vida, sólo para descubrir un pasado habitado por padres indefensos, víctimas de chantajes sociales (la madre tiene que acceder cada tarde a acostarse con un hombre -alegoría del fascismo franquista-).

 

La soledad y también el horror que significa la verdad (construida desde la múltiple y suspicaz perspectiva de los Otros).

 

Conclusión ambigua: los personajes de Javier Marías viven la certidumbre de su desesperanza.

 

Octubre 2009

José Manuel García García.

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