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-El escritor parralense Carlos Montemayor, fallece debido al cáncer que se le había detectado apenas en octubre de 2009  Ver su biografía.

 

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-La madrugada del 31 de julio de 2008 fallece el ilustre escritor de Uruachi, Chihuahua Víctor Hugo Rascón Banda. Leer más.. Ver su biografía.

José Manuel García García reseña el libro

Esencias

Por José Manuel García

 

I. Ramo de tigres

Ramo de tigres (Ediciones Casa Juan Pablos, 2000), de Alfredo Espinosa.

 

1. Él es cuerpo enamorado: mira a la mujer amada a través del Cantar de los Cantares: “La desnudez de mi amada esplende las flores del fuego / Cantemos a los dioses que nos dieron los deseos”. Él arde en su abrazo, en ese regalo de los dioses: Cuerpo desnudo de mujer amada que lo ama. Por ella, todo: “Desdeño la fortuna de los imperios del mundo”. En el amor sólo hay absolutos. Y es mejor que viva en la república de la guerra quien crea lo contrario. El amor es cuerpo unido a otro cuerpo. Líquido sabor, aromas suaves, miradas para la memoria escrita: La unión carnal pertenece también al reino de los absolutos, por eso el corazón del poeta enamorado brama de deseos, se alimenta de una promesa que es su única bandera: “Prefiero morir en sus brazos que en un campo / de batalla. // Que la patria espere o que parta sin mí”.

 

2. El imperio del deseo lo satura, lo domina: en la calle, a la hora de dormir, al despertar: “Mientras me baño recuerdo su cuerpo, / su poderío amenazante y eléctrico. / La lluvia que nos mojara aquella noche / se repite en la regadera. / Me enjabono y su mano me acaricia.” Es ella en el brillo de lo invisible que se adhiere a la piel, a su camisa alegre, al perfume que limpia su boca lista para ser profundo beso. Se siente un gallo, “a punto de cantar”. Yo disfruto aquel cuerpo (él piensa): sus pliegues íntimos son para mí. Mientras la madre de sus hijos y sus hijos le piden que no salga. Pero el imperio de los sentidos no perdona: “Voy a verme con la mujer por quien / podría abandonarlos”. Entonces sale para la calle, pero no va solo; el deseo le habla al oído.

 

3. Su voz en la penumbra oficia letanías: “como la fruta fresca sobre el mantel / desnuda entre las sábanas te ofreces”; “Bríndame tu espalda muchacha / pera perfecta / y el durazno de tu trasero. / Déjame abrirte suavemente…” Y saborea así el manjar para la boca y los sentidos. Las formas del deseo que se cumple en la piel del beso detenido: “Ah muchacha revienta de madura / la espléndida cereza que me ofreces”. No existe el cuerpo, sólo la mirada, el sabor lento. La palabra que abarca el mundo es sólo una leve queja de fruta expuesta al beso.

 

II: El agua y la sombra

El agua y la sombra (UACH, colección Flor de Arena, 2003), de Enrique Servín.

 

1. Él se detiene a la mitad del día, en plena paz. De pronto, a su pecho llega la luminosidad del silencio, el no ruido. La ciudad y su cuerpo se funden en un corazón de latidos: “Un fuego transparente / se extiende por el aire. / Violento y luminoso, como el día / quemante. / Como el sexo / como el sol del verano”. El milagro se extiende a las calles, incendia las cosas que forman la vida. Pero todo ocurre en un instante que ya ha pasado; sólo el verso claro y luminoso ha quedado.

 

2. Él recuerda el primer carro que vio: era verde. La abuela, en su recuerdo, lo contradice: era azul. Esa mínima discordancia anula la supuesta claridad de la memoria cotidiana: “como una imagen rayada por una vara en el agua / los recuerdos se funden, se confunden. // Así de frágil es el pasado.” En el escenario de la memoria, hay una batalla de los recuerdos: unos se instituyen verdaderos; otros, sin mayores argumentos, se van a las zonas oscuras del olvido o eligen mezclarse entre la gente que habita los retazos de un recuerdo.

 

3. En su habitación escucha el silencio en el viejo reloj de pared: Espera a alguien que debió haber llegado hace tiempo. En los pasillos de la casa la penumbra ofende, los espejos irritan: el que espera desespera. Afuera no se escuchan los pasos apresurados. Nadie llega con una disculpa, nadie con el descaro de la tardanza. Sólo vaga en las calles el silencio de las sombras, ajenas al que ha escuchado algo en la puerta… “Me levanté corriendo parar abrir. El corazón que llevo / o que me lleva –cansado corazón en la memoria- / latió más fuerte. // Pero no, no eras tú. Era un fantasma. / Y ni siquiera era un fantasma: / era una ráfaga de aire, o algo así”. La última descarga de la esperanza ha dejado un sabor al vacío anterior al desengaño.

 

III. Expíritu: Multiversos

Expíritu: Multiversos (Ediciones del AZAR, 2004), de Rubén Mejía

 

1. Sale a caminar. Igual que cada noche de cada semana de toda una vida, sale a caminar por las calles que son los ríos del tiempo. En los aparadores se refleja su figura que parece que venir a su encuentro. Uno de los dos saluda. El gesto es cordial, sencillo como una sonrisa, discreto como una sombra. Pero la realidad no es tan simple, piensa, no puede ser: “Dos son los ríos que forman mi tiempo. / En uno de estos ríos me desplazo de su fuente hacia el mar y en otro río –corriente del tiempo- avanzo en un sentido opuesto: de las olas y las formas del mar a esas fuentes que imagino originarias… y al encontrarse ambas corrientes y sus cauces confundir, siendo el pasado futuro y el futuro volviéndose pasado, ¿cómo alcanzar una orilla y reposar en mi propia sombra?”. El curso de su pensamiento es interrumpido por la súbita presencia de una amiga. Ella lo besa en una mejilla mientras se despide amablemente del que se queda mirándolos en el aparador de la esquina.

 

2. Escribe en su cuaderno una idea y una pregunta: Estoy convencido de que hay universos paralelos. ¿Y luego?... Tacha la pregunta, y escribe: en nosotros hay un acceso a esos mundos: por un lado están los sueños, por otro los recuerdos. ¿Dónde está la puerta que une realmente esos universos? “El hubiera no existe, pero es un tiempo siempre latente, en esa interzona donde la sombra del pasado todavía no se forma y la luz del futuro aún no se refleja”. ¿Cómo acceder a esa zona intermedia entre el sueño y la memoria y vivir de otra manera lo que hemos vivido?

 

3. En el jardín una mariposa traza un vuelo de colores. Él la observa desde hacer rato. Ha dejado de escribir un poema que habla precisamente de mariposas. La mariposa se aleja, pero no la impresión que ha dejado en el hombre que escribe estas líneas: “Si las alas de esta mariposa / según la teoría del caos- / provocaran que la tierra / se abra en dos / y se vuelva infierno / en el otro lado del mundo, / ¿qué ocasiona el trozo de una / docena de líneas, el vuelo breve / de un poema, la caída en sombra / de una hoja?” Tiempo después, otro hombre abre un libro donde está precisamente este poema. Lo lee, no ha entendido nada. Llama a casa de su hermanito el poeta, que venga a recoger sus cosas. El hermano, resignado, se viste, toma el coche y en un crucero se baja a ayuda a una muchacha. No es que no le interesen sus libros; que esperen. A partir de esa mañana, todo sea por la muchacha.

 

IV. Coralillo

Coralillo (Aster Ediciones, 2001), de Jesús Chávez Marín

 

1. Él mira a las jóvenes como el viejo león va a las nuevas generaciones: “ahora, cuando alguna pasa por la calle, / la miro desde el recinto civil / de un Café, / y me acuerdo que conocí / a una de ellas”. Es el solaz, el ojo que sigue el paso firme de una figura. Tal vez sólo sea un recuerdo esa cadencia de aromas que pasa y le adorna la mañana.

 

2. El escenario es conocido: un hombre, un andén, la mano agitando un pañuelo, la mujer llorando. Es Carmen... Carmen, murmura el que se despide: “Agitabas un pañuelo blanco”. “En el lienzo de aquel pañuelo / escribí esta carta / para que nunca me olvides”. El hombre regresa a su casa. Descubre que han pasado los años. La carta es ahora un viejo poema encerrado en un libro.

 

3. Él muestra una geografía de cicatrices al espejo del tiempo: fue una mujer que lo dejó marcado: “Cuando la conocí, ya sabía de su veneno / que habría de matarme dulcemente”. La espalda es un trazo de ruinas, un tatuaje de voces y de insultos: “La tromba de su amor arrastró con furia / los libros y los muebles de mi casa”. Vuelve a ponerse la camisa. Todavía tenemos la impresión de esas quemaduras.
-“Pero yo extraño el licor de aquel veneno”- nos dice, en un tono que a mí me parece de ironía sincera.

 

4. Es la esposa que grita, que huele, que escarba, que busca en la sonrisa del esposo, en las palabras de él, en los objetos que ella le regaló y que ahora de seguro, son cosas de la otra. El esposo la mira en el espejo amargo del recuerdo: “Revisas mi ropa y hallas perfume / de damas misteriosas, imaginarias”. ¿Con qué palabras detener la tempestad de gritos? El esposo intenta: “Olvídate de ayer. Ven a mis brazos, / tu cuerpo es la joya que quiero. / Ya no pienses que soy mentiroso. / Mi aroma es el perfume de tu cuerpo”. Todo esto es ahora un ayer que ha quedado en la flor de un libro.

 

José Manuel García García.

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