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José Luis Domínguez reseña el libro

Los días que no duermen

de Andrés Espinosa Becerra

Por José Luis Domínguez

 

Distribuido, no dividido, que no es lo mismo, en cinco partes, en cinco temas fundamentales en la vida de cualquier persona que se jacte de tener un mínimo de sensibilidad, como lo son: La infancia, La ciudad, El amor, La nostalgia y La amistad, este primer bello libro publicado en solitario por Andrés Espinosa Becerra, titulado, así como lo oyen, prosopopéyica o metafóricamente, “Los días que no duermen”, o lo que es lo mismo, las inmóviles noches del insomne, comienzan por develarnos a un poeta minucioso, obsesivo, apasionado. La manera como abre el poemario, con esos cinco primeros y hermosos textos que llevan por nombre La infancia, nos va a referir el tono, registro o voz que va a poseer todo el poemario. Un niño amando a la gente que va por las calles, envuelta en sus pequeños ritos cotidianos, niño precoz y procaz, por lo tanto, todo ojos y todo oídos, dejándose llevar siempre por el asombro y la sensualidad, envuelto en ese duro proceso de crecer, de madurar, de llevar persistentemente en la memoria, a ese niño poeta que seguirá siendo poeta y niño aún de grande. Un niño que ama la música y el baile. que lleva la brisa del mar en sus entrañas. Niño cercano al puerto, siendo el puerto el origen de todo bailador y es que con la extranjería llegan los bailes, las fiestas que parecen nunca terminarse, la música que no tiene fronteras. Raíces africanas, africoamericanas de los veracruzanos determinan también el ritmo del poeta, del músico y del bailador. La transformación proteica, la habilidad de adaptación se vuelven cualidades fundamentales en el niño porteño. El poeta ya adulto que fue niño, escucha las voces del pasado. Cuida la luz. El tema de la infancia, eso sí, debería prolongarse. No quedar reducido simplemente a esos cinco textos, cinco preciosas joyas de la intensa evocación. Da en sí mismo material para un libro.

 

Una de las cualidades primordiales que se destacan en este poemario parece provenir de uno de los sentidos más fundamentales de este bardo: la vista. Espinosa es una especie de voyeurista encantado, un magnífico hacedor de versos visual que, como si estuviese provisto con una lente de aumento, nos va descubriendo esas minucias poéticas de las que se va conformando la existencia. La poesía no se hace, se descubre. Está ahí para ser vislumbrada.

 

Una segunda virtud es la memoria, no menos importante, de la cual dijo alguna vez el enorme vate que fue Giorgio Séferis, y a propósito de Andrés Espinosa, donde se la toque, duele. La nostalgia no en sí del suceso trivial que poco a poco se derrumba en el olvido; no la memoria que parte de algún recóndito sitio de nuestro cerebro, no esa clase de memoria, sino la otra: la memoria corporal. Entra en escena en este digno vástago de Mnemosine, el segundo de los sentidos importantes: el tacto. Todo el cuerpo del poeta guarda reminiscencias de un ayer que ha sido tal vez más dichoso que el instante presente, perpetuo. Entonces, el cuerpo hecho de instantes eslabonados y la memoria, vigentes, inmóviles, recuerdan al cuerpo en movimiento y el transcurrir del tiempo. A la paradójica inmovilidad de la carne dentro del instante continuo, le sucede la vertiginosidad del ayer. El inspirado por Euterpe es siempre un poeta del asombro, guarda en sí mismo al niño cuya curiosidad es infinita. Las palabras del bardo, el hálito del bardo, son capaces de trastocar nuestro presente. Su lenguaje es como el trópico que lo ha visto nacer, exuberante, sensual, musical, que lo mismo nos habla de nopos que de pomarrosas, de tepejilotes que de jacarandas, de sopes y de sapos, y porque no hasta de sopapos que le ha dado la vida. Por eso, otra de las virtudes adyacentes de este escritor resulta ser la inmovilidad, la quietud del cuerpo y el hábil movimiento del ojo que retrata fidedignamente las pequeñas y grandes realidades de la vida cotidiana, sus rigideces y sus cachondeces. Poeta que lee esencialmente a novelistas, Faulkner, Martin Amis, Thomas Mann, sólo por mencionar algunos; que ama el río, el mar, las palmeras, los periquitos de amor a los que les ha puesto nombres literarios como lo son Gustave y Bovary; que se conmueve ante los peces y los gatos, a pesar de ser éstos tan irreconciliables; que cultiva plantas y las cuida como si fueran las niñas de sus ojos, romeos y julietas, sábilas y geranios, por ejemplo; que escucha lo mismo a Eric Clapton que a un virtuoso como Louis Armstrong; que baila con Bob Marley o con un danzón, con un swing lento o con un alegre son jarocho; que salta de las notas de un clásico como Schumann hasta un neo clásico como Paul Mc Cartney; que idolatra los fines de semana pero sobre todas las cosas el domingo, dominis dies, el día del señor, pero de este señor poeta que había escrito ya otro poemario antes que estos días que no duermen, y cuyo nombre de semejante imaginería poética es la de “Domingo Siboney”, en fin, que vive al día, como dijera alguna vez Ramón López Velarde, como la lotería, envuelto en ese instante perpetuo del presente, en la íntima e invisible cárcel del presente recordando sus noches de insomnio crónico, el instante cachondo, orondo, mondongo, de aquél que es un verdadero poeta y nos ofrece a manos llenas, como Carlos Pellicer, sus miradas estáticas, sus estampas poéticas del trópico que, biológicamente, lo vio nacer y ahora del norte de nuestro país, Cuauhtémoc, Chihuahua, propiamente, que lo ha visto (poéticamente) nacer por segunda vez. Enhorabuena por nosotros sus lectores.

 

José Luis Domínguez.

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