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José Luis Domínguez reseña el segundo poema del libro Moebius de Reneé Acosta
"Empero, yo al
destino me someto Pablo Ochoa
El Romanticismo es una corriente literaria nacida a mediados del s. XVIII en Alemania y desde ese lugar se irá extendiendo al resto del mundo. En dicha corriente surge una idea estremecedora por atroz: la muerte de la divinidad. El hombre, el escritor, ante su naciente y terrible orfandad, abandona sus esperanzas, y como ha sido despojado ya del ideal divino, vuelve sus ojos hacia sí mismo. Toda su atención se centra entonces en su propio interior. Se vuelve romántico. Deseoso de continuar con su hábito de adorar imágenes, se vuelve él mismo su propio dios. Pone en un pedestal a su otro yo, a la mujer; encontrará en ella su nuevo becerro de oro. A partir de entonces, como ha dicho ya Heiddegger, el mundo sólo existirá en funciones de ese "yo" exaltado al máximo. El "yo" en relación, fundamentalmente, a cuatro cosas: el amor cortesano, el honor, la lealtad y la verdad.
Rubén Mejía, en su estudio introductorio, selección y notas de su libro antológico titulado "La Región Romántica[1]", ubica principalmente a siete autores chihuahuenses cuyos nombres son: Joaquín Ignacio de Arellano, José María Jaurrieta, Pablo Ochoa, Guadalupe Artalejo del Avellano, José Muñoz Lumbier, Manuel Rocha y Chabre, y Enrique Reyes, y cuyas composiciones poéticas aparecieron durante la segunda mitad del siglo XIX en periódicos y revistas de Chihuahua o de Parral.
El tercero de todos ellos, Pablo Ochoa, fue hijo de Antonio Ochoa, un próspero minero, avecindado en un lugar enclavado en el mero corazón de la sierra chihuahuense, Guadalupe y Calvo. Antonio Ochoa se mudaría a la capital y llegaría, con el tiempo, a ser gobernador del Estado en dos ocasiones. Pablo Ochoa, su hijo, poeta y periodista nacido en 1855, desarrollará su vocación de escritor en la ciudad capital en las postrimerías del romanticismo en nuestro país. Contemporáneo de los poetas románticos y modernistas, Manuel Acuña, José Joaquín Pesado, y Salvador Díaz Mirón, también estará como ellos, obsesionado por el tema de la muerte. De otra manera no podría explicarse cuáles fueron los secretos impulsos que lo empujaron aquella aciaga tarde del día 13 de mayo de 1892, en los jardines de "El Mortero", ante un morboso y numeroso público de Chihuahua, a sustituir al futuro gobernador interino del Estado, al cobarde Enrique Ceferino Creel, de entonces 38 años, terracista y antiporfirista, para enfrentarse en un duelo de índole política, y con arma de fuego, contra el también periodista Luis Díaz Couder y en el que por desgracia, Pablo Ochoa perdería la vida. Miguel Bolaños Cacho, en su libro “Sembradores de vientos”, publicado en 1928, nos da una clara idea de cuál era el ambiente que permeaba este suceso trágico cuando escribe: Más que un duelo semejaba un palenque de gallos, un espectáculo bárbaro en presencia de una multitud imbécil, entre la cual no faltaban los miembros más conspicuos de los partidos políticos en la riña electoral.
Pablo Ochoa era director del periódico “El Norte”, mismo que representaba los intereses de Luis Terrazas, opositor al gobierno de Porfirio Díaz, mientras que Luis Díaz Couder dirigía “El Diario de Chihuahua”, quien apoyaba abiertamente la candidatura del coronel porfirista Lauro Carrillo, quien había gobernado prácticamente los últimos cinco años, de 1887 a 1892, y había iniciado el proyecto que podría llegar a afianzarlo en la reelección. Esto, obviamente no fue bien visto por Luis Terrazas y su séquito, así que aprovechando la ausencia del gobernador Lauro Carrillo, quien había sido requerido por don Porfirio Díaz para que informara sobre el peligroso cauce que ya iban tomando los acontecimientos en Tomochic, y aprovechando también el espacio periodístico que estaba bajo su égida, y mediante la pluma punzante de su yerno Enrique. C. Creel, publicó un libelo en el que a las claras se perjudicaba la reputación de Díaz Couder. Éste, a su regreso de la capital de la República, ni tardo ni perezoso, respondió retando a un duelo a muerte al responsable de firmar semejante ofensa. Luis Terrazas, de ninguna manera iba a permitir que su yerno muriera en ese trance. Bolaños Cacho nos describe de manera crítica y contundente que, nervioso ante las posibles y nefastas consecuencias del duelo, Creel consintió deleznablemente en el cambio, dejando que un joven valiente, generoso, amigo suyo, corriera los peligros de ese lance mortal. Por tal motivo, quien respondió no fue aquél, sino el poeta y director de “El Norte”, Pablo Ochoa. Díaz Couder nombró como padrinos de duelo a Alejandro Guerrero y Porras y a Mariano Martínez, Presidente del Supremo Tribunal de Justicia y Tesorero General del Estado, respectivamente; mientras que el poeta nombró a Ramón Cuéllar y al ingeniero Enrique Esperón. Cuentan las crónicas que, siendo tan malos tiradores, la noche casi los envolvía y después de más de una decena de intentos, tocó en suerte, y mala, por cierto, que una bala se alojara en el pecho del vate chihuahuense, muriendo un día y medio más tarde. Caía así, este poeta romántico envuelto en esa aureola del absurdo y de la paradoja; moría en su domicilio de la avenida Victoria, después de esa última derrota. En la placa que se colocó en ese lugar marcado con el número 812 (hoy 823), de la capital del estado, se puede leer lo siguiente: “En este sitio murió el poeta Pablo Ochoa, el día 13 de mayo de 1892, a consecuencia de su duelo con Luis Díaz Couder, en terrenos de El Mortero”. Cabe mencionar que en la placa se considera la muerte del vate chihuahuense el mismo día del duelo, siendo que en realidad, y según las horas en las que tardó en morir, falleció el día 14 de mayo y a escasos cinco meses del levantamiento armado de Tomochic en contra de la dictadura porfirista.
La suerte de Pablo Ochoa se convierte así en una especie de historia circular, en espejo y a la vez reflejo, en un extraño paralelismo y paradoja con la suerte del vate veracruzano Salvador Díaz Mirón, quien también fue hijo de gobernador estatal, se inclinó fuertemente por el periodismo y por la poesía, y sólo era dos años menor que Pablo Ochoa.
Doce años antes de la muerte de Pablo Ochoa, el poeta veracruzano publicaba, con motivo del primer aniversario luctuoso de los hombres asesinados por mandato del gobernador en turno, allá en su natal Veracruz, una nota de protesta:
El programa de esta publicación, uno de cuyos redactores soy, me prohibe estampar en ella una frase relativa a los horrendos asesinatos, sin ejemplo en nuestras crónicas luctuosas, cometidos un año ha, por la más inicua de las cobardías.
Pero como hoy, más que nunca, los periodistas dignos deben levantar la voz para honrar la memoria de las nobles víctimas que sucumbieron en la espantosa noche del 25 de junio de 1879, y para arrojar un anatema al rostro del verdugo que las sacrificó, y mi silencio en este día de lúgubre recuerdo podrá ser atribuido a pusilanimidad, extraña a mi carácter, o a un motivo de conveniencia personal, el cual no existe, me veo obligado a aclarar- como lo hago por medio de las presentes líneas, que inserto en la sección de remitidos para no comprometer con mis opiniones particulares con toda energía de que soy capaz el gran crimen del gobernador Luis Mier y Terán, crimen atroz que arrebató a la sociedad veracruzana nueve de sus más distinguidos y útiles miembros, que privó a la Patria de otros tantos buenos servidores, algunos de los cuales la habían ilustrado con su sangre generosa en las horas aciagas; que vistió de negro a tantas familias y que merced a ciertas complicidades oscuras y muchas complacencias culpables, ha quedado sin castigo y llenado de oprobio a México en el concepto de las naciones cultas[2].
Al día siguiente, ante unos rumores con dolo, aparecidos en forma de gacetilla en El Republicano, Salvador aclara desde el mismo diario desde donde escribe:
En honor de la verdad, debo aclarar que no es exacta la especie referida al Republicano. No he sido llamado por el Gobernador de Veracruz, ni éste me ha preguntado nada. El general Terán conoce la (imagen) detestable que de él abrigo y, por consecuencia, no ha menester de interrogarme acerca del particular. Si alguna vez acontece que yo escriba anónimamente algo contra el mencionado funcionario, y que éste me invite personal u oficialmente a expresar si yo soy o no quien lo ataca, procederé de modo que él no pueda dudar de mi franqueza. Jamás eludiré la responsabilidad de mis actos, sean cuales fueren[3].
Acusado Díaz Mirón de protestar un tanto tardíamente, es decir, un año después de la matanza, en una nota de El monitor republicano, el vate hace las aclaraciones pertinentes:
Cuando Terán llevó a cabo la horrenda matanza que lo hizo tristemente célebre, no existía en la población sino un periódico: El Fonógrafo, que era el defensor de los intereses del comercio. Al día siguiente al en que aquella espantosa tuvo lugar, ofrecí la redacción del mencionado papel, a la que yo era extraño, un artículo firmado por mí, el cual era un relato detallado de los asesinatos que acababan de perpetrarse, y una enérgica protesta contra ellos.
El editor del órgano mercantil no aceptó mi escrito, y juzgo -forzoso es confesarlo- que no sin razón. Entonces dirigí éste a un diario de México, y de esa época hasta ahora, he combatido incesantemente al tirano de Veracruz. El remitido que publiqué el 25 de junio, si careció de oportunidad, que no lo creo, parecióse en ello a todas las manifestaciones que en esa fecha de lúgubre memoria la prensa independiente produjo contra el gran crimen oficial cometido hacía un año.
Suplico al Monitor que inserte en sus columnas las presentes líneas, en prueba de imparcialidad[4].
A final de cuentas, el gobernador Mier y Terán, cansado de las invectivas, reta a duelo a Salvador Díaz Mirón, pero cuando se da cuenta de que el poeta ha aceptado y nombrado como a sus padrinos a Miguel Reyes Torres y a Guillermo A. Esteva, se acobarda y aplaza el duelo hasta la fecha en que tenga que dejar el cargo como funcionario público. Los padrinos del general, ante la inminencia del duelo, turnan a una comisión dictaminadora integrada por Alfredo Chavero, Joaquín M. Alcalde y Manuel Payno, este último nada menos que el autor de "Los bandidos de río frío" o de "El fistol del diablo", quienes determinan de Mier y Terán, que éste no tenía, siendo ya particular, que vengar las ofensas inferidas al funcionario.
Es así como el gobernador de Veracruz se libra de ir a duelo contra el periodista y poeta Salvador Díaz Mirón, cosa que no ocurre con Pablo Ochoa, quien fallece de un postrer disparo de su adversario.
A propósito de este incidente trágico, surge "Milésima de segundo por la muerte de Pablo Ochoa" de Reneé Acosta, un cuadernillo integrado en la segunda parte del libro “Moebius” de la misma autora, en la editorial “Tierra adentro” del CONACULTA) y compuesto por dieciséis poemas de mediana extensión, escritos en verso libre que va a recrear este suceso histórico del "último duelo formal en Chihuahua" y del último poeta decimonónico chihuahuense que intentará salvar en vano, casi por la vía del suicidio, dos de los cuatro postulados del romanticismo: el honor, aunque en este caso, no el propio, sino el ajeno; y la lealtad; una lealtad, creo yo, también mal entendida y por cierto muy mal agradecida.
Dicho cuadernillo podría leerse en varios planos de contextualidad que hacen de su lectura un encuentro enriquecedor y nos descubren a través de sus líneas a una poeta inteligente y equilibrada que se ha salido de los cánones usuales, de los temas tan manidos por las escritoras como por ejemplo, el intimismo, la sensualidad del cuerpo, el enamoramiento, el abandono y la soledad, entre otros.
El primero de dichos planos contextuales es el religioso: Pablo Ochoa es alegorizado como el San Pablo bíblico, el del Nuevo Testamento, y es envuelto en un halo de contradicción, incluso de blasfemia, el cual, paradójicamente, morirá por teocracia, es decir, por voluntad divina, y curiosamente, en contraesquina del hotel San Juan. Para reafirmar este contexto, en el poema catorce aparece una alusión que no es meramente gratuita a Pedro, ¿San Pedro?.
El siguiente plano, aún más visible que el anterior, y quizás el más importante, es la exactitud del tiempo en el sentido de que nadie puede morir ni antes ni después que durante el segundo señalado. Y que, popularmente, esta noción ha sido traducida por nuestros abuelos y bisabuelos con la frase: "Nadie se muere en la víspera". El tiempo es el elemento fundamental que estructura todo el poemario. Existe un fuerte deseo por detener o retrasar el instante del impacto, siendo esta última opción, aparentemente, la única que se consigue, pero también sin descartar la posibilidad, y que, efectivamente, se queda en eso, en la posibilidad, de evitar la muerte del poeta chihuahuense. Un tiempo concentrado en un solo segundo. Un segundo que es todos los segundos. De tal manera que el instante de ayer es el instante de hoy. La bala es el instrumento, es el objeto temporal de que nos habla Husserl en su Fenomenología y cuya sola resultante es la armonía interna del flujo de la conciencia temporal, caracterizada por reunir diferentes momentos (el ayer, cuando ocurre la muerte de Pablo Ochoa, y el ahora cuando ocurre la vida actual donde la poetisa canta dicha muerte, la calle por donde caminaba Pablo Ochoa, la Victoria, la misma, pero a la vez distinta calle, por la que transita la autora que canta la muerte de Pablo Ochoa) y hacer que se alternen y se entrelacen en un juego dialéctico contextual. La bala es el objeto temporal latente, presente como inmanencia en la rememorización que hace de ella la escritora, pero esto es debido a que desde antes la bala ha ido constituyéndose como una unidad objetal. Es decir, en la experiencia originaria de la muerte de Pablo Ochoa ante el estampido y la intrusión de este pequeño objeto de metal, de plomo, en su cuerpo. De tal manera que en el cuadernillo, y gracias a la magia que la poesía otorga, la bala se convierte, en un vehículo, en algo así como un microcomponente letal transformado en diminuta máquina del tiempo. Por supuesto, más moderna, más eficiente y ocupando menos espacio que la de Herbert. G. Wells. La bala se vuelve cósmica, es un cuerpo horizontal que hiende el espacio en busca de otro cuerpo, cuerpo que se derrumbará desde su vertical hasta su horizontal, invirtiendo el orden, es decir, el proyectil penetra en el cuerpo en una postura horizontal, pero cuando el cuerpo se derrumba se torna en vertical, aquel trágico trece de mayo de 1892 para terminar, gracias a la magia del texto, en el tiempo presente, en el tiempo actual; bala misma que se agiganta gracias a la hipérbole y a ese hermoso efecto de lentitud pasmosa que se da gracias al manejo diestro de elementos reiterativos, al intercambio y uso de fechas y paralelismos utilizados por esta autora, dentro de cada uno de los textos que componen esta segunda parte del libro “Moebius”.
El tercer contexto tiene mucho que ver con las ciencias físicas. El poeta, herido de muerte, es comparado con un copo de nieve, y el copo de nieve es el símbolo claro de la perfección geométrica, un copo de nieve derrumbándose por el fuego, su elemento contrario. En este acto de caer hay un doble movimiento, paradójico en sí mismo: una motilidad involuntaria por doble gravedad, la de estar herido de muerte, y la del efecto gravitatorio sobre un cuerpo que deja de oponerse, de ejercer su voluntad; y una inmovilidad involuntaria por destino: la de la muerte.
Es así como la filosofía, la metafísica y las matemáticas entran en juego, llegando a convertirse en elementos primordiales del poemario. Una segunda prueba de ello es el nombre propio del vate chihuahuense, Pablo Ochoa, el cual es metaforizado por Acosta como el guarismo perfecto, ya que el mismo está compuesto por diez letras, y el número diez, según la corriente hermética, es el símbolo de la perfección, además de constituir la base del sistema decimal y de toda nuestra civilización moderna.
El cuadernillo en donde la voz de la poeta que enuncia se identifica fraternalmente con el poeta romántico marcado por el signo de la fatalidad, es una lucha constante por rescatar del olvido, y de la muerte a Pablo Ochoa y lo consigue, tanto en lo emotivo como en lo artístico, dándole así, a este personaje de nuestras letras chihuahuenses decimonónicas, un carácter de permanencia que nos lo hace imprescindible, entrañable.
Al leer "Milésima de segundo por la muerte de Pablo Ochoa", de Reneé Acosta, publicado anteriormente por la editorial subterránea independiente "Chihuahua Arde Editoras" y en su colección "Al filo del poema", y hoy integrado a “Moebius”, es inevitable, primero, por cierta clase de asociación mental, que vuelva a nosotros el recuerdo de ese magnífico poema medieval escrito por el español Jorge Manrique a mediados del siglo XV, "Coplas a la muerte de mi padre", sobre todo al leer al principio del cuadernillo, la dedicatoria que esta joven autora, casi graduada ya de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua, escribe para sus padres: el biológico, el lúdico y el literario; segundo, porque ambas obras, la moderna, de Reneé Acosta, y la medieval, de Manrique, son cantos elegiacos, sendos homenajes que subrayan la fugacidad de la vida y el deseo de que el hombre trascienda a su propia muerte. [1] Rubén Mejía, "La Región Romántica" Ediciones del Azar". [2] Salvador Díaz Mirón. Remitido. Al público, a el Diario Comercial, Veracruz, t (26 de junio de 1880), Núm. 166. P.2. [3] Salvador Díaz Mirón: "Gacetilla. Digna de contestación", en el Diario Comercial, Veracruz, t. I (26 de junio de 1880), Núm. 166, p.2. [4] Salvador Díaz Mirón, gacetilla, El Monitor Republicano, en el Diario Comercial, Veracruz, t. I (2 de julio de 1880) Núm. 171, p. 2. José Luis Domínguez. |
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