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José Luis Domínguez reseña el libro Monólogos sin eco o las voces de la metafísica de Varios autores Por José Luis Domínguez
¿Mas qué vaso también más
providente! (Muerte sin fin, fragmento, José Gorostiza)
"Monólogos sin eco" es un libro colectivo que reúne a siete jóvenes escritores talentosos de nuestra comunidad y que a lo largo de siete años se han ido perfilando desde el taller literario "José Gorostiza", coordinado atinadamente por el poeta, ensayista y novelista Raúl Manríquez. Agradezco también, la generosidad del talentoso pintor, también orgullosamente cuauhtemense, Esteban López Quezada, amigo querido, que ha apoyado con uno de sus hermosos cuadros para la decoración de la portada de "Monólogos sin eco", y porque siempre nos ha brindado su mano de esteta, su sensibilidad artística, adornando frontispicios cuando ha hecho falta para complementar, así, el arte visual con la palabra escrita.
"Monólogos sin eco" es la historia de una reunión de amigos, quienes comparten, además de su juventud, de una manera inusitada, una preocupación metafísica que versa sobre las partes que constituyen a las cosas, la unidad o la disolución del ser; y cuyo título ha sido tomado de uno de los versos de "Muerte sin fin", la obra maestra del magnífico poeta mexicano de la generación de los "contemporáneos" de los años veintes, José Gorostiza.
En esa floresta poética de "Monólogos sin eco" se entrecruzan la gnoseología y la teología, dando lugar a una ciencia de aquello que se encuentra más allá de la experiencia sensible, y qué es la poesía, me pregunto, sino todo lo anterior, y aún más, no en balde uno de los nombres básicos del bardo en la cultura celta es el de vate, y vate, porque vaticina, augura, es decir, cumple su función de gurú, de adivino, de homo videns cuya palabra y cuyo acento suelen ser, muchas de las veces, como las pronunciadas por el oráculo de Delfos. En las líneas que siguen, describiré el resultado de esa gozosa lectura de cada una de las siete partes, con las cuales se ha integrado dicho libro:
"El silencio de las hadas", de Ana Gabriela Hernández, colección con la que se abre la puesta en escena del volumen, está compuesto de veinticinco textos en los que, en su mayoría, con una intuición muy poco usual, esta joven poeta se interroga e interroga al lector, y ahonda en preocupaciones que rozan el existencialismo. Preguntas que van más allá del simple nominalismo de las cosas, los suyos son textos de ideas que van más allá del ser que nos es inmanente; en otros, quizá los menos, la mujer se instaura en sus palabras como ante un espejo, con un dejo de rebeldía ante la imagen convencional y rutinaria que de sí misma y ante los otros ocupa y preocupa: el reclamo por un espacio y un tiempo propios, cumpliendo así, la poesía, una función social de denuncia. Destacan en sus versos la visión y la voz de una poeta joven, pero, a la vez, sorprendentemente madura y cuyos contextos culturales son muy diversos, pues aparecen en sus líneas elementos de la mitología como Morfeo, Penélope, Afrodita, Atenea, el Hades o reino de la muerte grecolatino; elementos de la filosofía como el platonismo, el vitalismo y el existencialismo, donde resaltan los nombres de Sócrates, Hegel y Lacan, incluso el título mismo que le da nombre a la colección, "El silencio de las hadas", nos remite al contexto mágico de la infancia donde habitan los duendes o quizá al juego de palabras entre esos seres que realizan en el contexto de la literatura clásica infantil el papel de ángeles protectores, y el silencio del hades, la morada griega de los muertos, de Plutón.
El segundo apartado, "El trazo de la noche", de Karina Manríquez, está integrado por veintisiete trabajos de extensión más bien breve, pero eso sí, muy bien definidos, lo cual denota que una de las cualidades más importantes de esta autora cuauhtemense es su capacidad de condensación, y en la tarea del o de la que escribe, ese decir mucho con pocas palabras no es fácil conseguirlo, siendo ésa una de las premisas básicas que persigue el arte bello que es la poesía. No conforme con ello, en cada uno de los textos se cumple muy bien una función de profundidad; sus versos son hermosamente subterráneos, en un furibundo afán por indagar sobre el origen del ser y se engrandecen gracias a la riqueza de sus imágenes, mismas que escapan de todo aquello que resulte superfluo; huyen del rebuscamiento, del amaneramiento en el que a veces solemos caer, inexpertos, casi todos los escritores. Destaca en ellos, además, su musicalidad, sus líneas parecen surgir de ese ritual judeocristiano de cada domingo, es decir, su cadencia y su exactitud rítmica interna, y esto, aclaro no tiene nada que ver con la rima clásica, sino con esas dos cualidades antes mencionadas con las que abre y cierra cada uno de sus textos. Su poesía ha sido escrita gracias a su fino oído y a sus largos momentos de reflexión y a esa capacidad que tiene de maravillarse ante la esencia de las cosas y de los asuntos y de las temáticas que atañen al mundo íntimo y abstracto de los poetas genuinos o lo que es lo mismo, originales, y originales en dos de sus campos semánticos: los poetas del origen, es decir, los poetas primeros, y los poetas únicos, verdaderos.
"El aleteo circular" es un hermoso título con el que el vate Omar Miranda bautiza sus treinta y siete intensos textos, que conforman la tercera sección del libro. La suya no es una sola voz, sino una polifonía politonal emparentada con la prosa de intensidades o poema en prosa; con la tradición japonesa del brevísimo haikú; con la épica cuyas líneas nos traen el recuerdo, la imagen querida de Francisco Villa; con la literatura, de la cual surgen algunos nombres y esencias: Borges, El Quijote, por ejemplo; y, por último, con la poesía mística, sobre todo en ese hermoso texto que le da título a su colección "El aleteo circular", mismo que está compuesto de seis poemas. Dicha voz multiplicada y bien lograda y dispersa de Omar, es semejante a la figura del átomo a punto de ebullición o de expansión, es como si la palabra surgiera, atropellándose, invadiendo el recinto del oído, desde una sensibilidad exacerbada, pero, sobre todo, desde su inteligencia.
Este poeta que tiene la tristeza de los árboles mudos y las aves y los bichos entre el quejido y la distancia siempre a flor de labios, me ha maravillado, sobre todo, con el haikú número ocho de esa parte de su colección llamada "La mínima habitación del grillo", porque en la tercera y última de sus líneas descubrimos una infinidad de ausencias bien contadas y cantadas. El lirismo en pleno del romántico del siglo diecinueve resumido en tan solo veinte sílabas. A continuación, transcribo esa pequeña joya íntegra: Hoy dueles como un pétalo vacío de cosmos, lleno de sintíes.
La cuarta parte de este bello arte-objeto, y cuyo nombre es "El viento de los caballos más oscuros", escrita por Gilberto Nájera, está compuesta por ocho poemas de mediana extensión. Me sorprende gratamente el hecho de que, aún siendo el poeta de más reciente ingreso, en relación, claro, al tiempo que tienen o han estado en el taller literario los otros seis autores que componen este grupo de jóvenes escritores orgullosamente cuauhtemenses, haya encontrado el camino, que debió ser arduo, por cierto, para estar a la altura, es decir, para escribir con igual madurez y calidad, con igual sagacidad y sensibilidad, a tal grado que sus textos, en su mayoría, aparecen con ese grandioso aliento épico que sólo los grandes poetas llegan, con el tiempo, a dominar a la perfección. Gilberto Nájera es un poeta cuyo sentido primordial, sentido con el cual atrapa los hermosos instantes que tiene la vida, es la vista; por eso resulta ser un vate lírico, épico, visionario; al leer sus versos sentimos que en ellos se agita doblemente su espíritu: ante el prodigio y la belleza de las cosas y ante la belleza y el prodigio del amor y la mujer. Su voz no encuentra dificultad alguna para saltar, como de un potro desbocado a otro, de la lírica a la épica. Sus poemas registran tonalidades que oscilan en una rara dualidad, dualidad que resulta, precisamente, de esa mezcla del personaje lírico y el espíritu mítico de un guerrero japonés.
No hay quinto malo, dice el refrán, y se cumple certero en ese largo e intenso texto del reciente Premio Chihuahua de Literatura, Edgar Trevizo llamado "Altoral", cuyo hilo conductor es un precioso homenaje a la tradición oral del poeta que ha nacido para fundar ciudades con su canto. "Altoral" es como su nombre, alta y fuerte en sus versos, mismos que son como los tabiques de una pequeña construcción oscurecida hecha de instantes, y en cuyo interior se ha puesto a meditar el espíritu del hombre. La contemplación de un todo y una nada filosóficas se agitan de forma indisoluble, se revelan y se rebelan, y se contraponen sin jamás separarse. En "Altoral", un pequeño Virgilio nos sale al paso sorpresivamente y nos guía con su palabra iluminada por cada uno de los oscuros recovecos del infierno. No es éste un poema angustioso, a pesar del dolor que habita en tan breve, pero en tan magnífica construcción, ni mucho menos un texto del desconsuelo, tampoco desgarrador, sino todo lo contrario, un poema místico hecho a la serenidad, un verdadero remanso de paz en estos tiempos lastimeros y febriles de principios de siglo, cuando la guerra sigue, para la desgracia de la humanidad azotando las diversas regiones que tiene el mundo. La riqueza de su lenguaje es con la que está construida esta pequeña construcción gótica, y la apaciguadora sensación de haber estado ahí tiene su recompensa, en sus últimos párrafos, con ese encuentro gozoso con la hermosa, la verdadera luz. "Altoral", de Edgar Trevizo, alcanza cierta gracia, cierto estado espiritual que a nosotros, como lectores, nos recuerda la epifanía, que no es otra cosa que la manifestación de la divinidad o del hombre espiritual alcanzados en cada uno de sus versos.
En la penúltima parte de este volumen, con un título un tanto cacofónico, por cierto, difícil de pronunciar, surge así, "Para parar la rueca de la noche", de Elman Trevizo Higuera, tejida por veinticuatro poemas breves, es una colección que mitifica a ese dios desconocido y silencioso que sigue siendo la noche, que es la muerte. Elman Trevizo es un poeta audaz, pues se atreve en sus versos a cuestionar lo que a otros hombres más curtidos por la vida les causaría un hondo temor, sino es que espanto; hurgar en las sombras, indagar si nuestro tiempo, si nuestro destino se encuentra marcado de antemano por el pensamiento fatalista, por esa nada sartreana, y salir ileso no lo consigue cualquiera. La finitud del hombre, la soledad, la fragmentación familiar y el transcurrir del tiempo, son, entre otras cosas, las preocupaciones fundamentales que este joven vate cuauhtemense extiende ante nuestros ojos, tal como se hace con finas pieles de animales ignotos, que un cazador furtivo, desde las profundidades de los bosques, ha traído. Su voz es la del poeta que ha sido bendecido con la furia del relámpago, tal vez por eso sus versos iluminan nuestra noche existencial con sus destellos. Elman Trevizo, como la estirpe de Jacob, de Jonás o de Moisés, patriarcas y odiseos bíblicos, es un poeta que denota casi siempre en sus líneas versales, el más firme deseo de arrebatarle a los dioses y a las musas, un solo instante de eternidad.
El libro "Monólogos sin eco" cierra con broche de oro con "La espera de la noche", colección en la que se leen diecinueve textos que brotan de un cálamo privilegiado y en cuya voz poética se conjugan raramente dos materias disímbolas: la filosofía y la ciencia. Ernesto Wiebe es un joven talentoso, un bardo de espíritu celta cuyo amor al ámbito sesudo de los algoritmos, las fórmulas matemáticas, la psicología, las ciencias naturales, y la pasión por el ajedrez lo hace distinguirse particularmente del resto. Sus versos no están exentos de imágenes deslumbrantes y metáforas sorprendentemente incisivas y plenas de ternura juvenil. Ernesto Wiebe es un poeta noctívago que ve caer lunas al alba convertidas en ceniza, y éste es el verdadero prodigio, la verdadera conjunción entre una sensibilidad exquisita, la sabia soledad y el prudente silencio, mismos que ejercen sus magnos beneficios de la reflexión sobre el espíritu. De ellas nacen sus desesperaciones, como las aves fénix, quienes son a la vez cementerio y cuna de sí mismas en ese ritual antiguo que es el fuego; apocalípticas desesperaciones que culminan con la imagen de la unigénita bebiendo a sorbos la vida, nuestra vida, en el espejo. Como un digno hijo de cronos, Ernesto Wiebe se preocupa sobremanera de la forma en que se va oxidando y nos va oxidando el tiempo. Por eso, al final de su espera nocturna, un poema hecho de instantes y un instante hecho de temores, se disipan con el pneuma, es decir, con el aire, con el divino espíritu que se agita primigenio, primitivo, sobre las aguas, sobre los valles y sobre las montañas.
"Monólogos sin eco", bajo el auspicio del Conaculta, del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes, y del Consejo Ciudadano del Programa de Desarrollo Cultural Municipal de Cuauhtémoc, y publicado en la colección Sol/Arena, en su número ocho, bajo el sello de dos editoriales dedicadas no sólo a hacer buenos libros, sino también a hacer bellos libros, como lo son Doble Hélice, de Martín Reyes y Aster Ediciones, de Raúl Manríquez, es una contundente prueba de lo que se puede conseguir cuando se conjuntan dos cosas primordiales, el talento de sus creadores y el apoyo desinteresado de las autoridades gubernamentales que se preocupan de verdad, por promover los valores que nuestra misma sociedad produce. Enhorabuena por todos nosotros sus lectores.
José Luis Domínguez. |
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