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José Luis Domínguez reseña el libro Norpaisaje Antología del Taller Literario del I. N. B. A. de ciudad Juárez
NORPAISAJE: UNA TETRALOGÍA DE LA DIVERSIDAD LITERARIA EN CIUDAD JUÁREZ
Norpaisaje, antología del Taller Literario del I. N. B. A. en ciudad Juárez, es un libro de muy buena factura que embona, en su contenido, cuatro voces diversas, cuatro estilos diametralmente opuestos que lo hacen atractivo al lector exigente. Los cuatro autores surgen precisamente del taller que tan buenos frutos ha dado a la literatura escrita en el Estado de Chihuahua, mismo que es auspiciado por el instituto antes mencionado en aquella ciudad fronteriza, coordinado por el –más que ensayista, más que crítico- numerálico, parafrasístico y amante de las citas y compilador, José Manuel García García, quien, de entrada, se apunta con un abundante e innecesario prólogo, a juzgar por la calidad de los textos que ahí aparecen.
Mi casa, es un breve poemario con el que abre el volumen. Su autor, Roberto Espíndola Ruiz, nos ha dicho que la poesía le ha permitido seguir en el ensueño de la vigilia misma, y esta ensoñación poética nos es otra que aquella de la cual nos ha hablado Gastón Bachelard, de las visiones fugaces pero efectivas que el poco o el nulo dormir conlleva. La poesía de un noctámbulo, de un insomne crónico cuyo efecto se traduce en maravillosas alucinaciones, alucinaciones fantásticas padecidas aún despiertos, sin necesidad de droga o sustancia alguna que la que nuestro cerebro produce a raíz de la obligada permanencia en esta vida con los ojos abiertos. Poesía del poseído por la musa, Espíndola Ruiz nos entrega esa clase de materia visual que pertenece al ámbito de todo ensoñador. Textos breves de pupila y espejismo al mismo tiempo. Casi podría decirse –aunque sus líneas las distribuya gráficamente de otra forma a lo largo de cada uno de sus párrafos- que el aliento natural de este poeta de la nostalgia es el terceto. Algunos ejemplos considerados como un verdadero logro son los siguientes:
en casa a veces se tiene hambre se tiene sed es una catedral que se eleva al cielo (Mi casa) O cuántas gotas de lluvia necesito para alzar las palabras antes de que se asfixien
Un tercer ejemplo:
frente a los últimos dromedarios O este otro:
como gaviotas te paseas en los jardines del mar con ramillete de azahares eclipsados
Y uno más:
bajo el sol declinante en esta ciudad descubrimos la geografía de los deseos
De ahí la recomendación de que se dedique por un tiempo a cultivar el haikú o la renga. Encontraría en ambas tradiciones milenarias orientales un espacio natural para esa voz que le brota como un fino hilo de manantial poético, en donde flotan sus imágenes como peces de sal.
Juan Carlos Esquivel Soto, con su cuarteto narrativo titulado Cash Bar, arma una deliciosa nouvelle narrada en diversos tiempos, perspectivas y voces que nos hacen adentrarnos en ese mundo lumpen de la nocturnidad de cualquier antro, en cualquier ciudad abigarrada que se pueda parecer a ciudad Juárez.
Cuatro historias de lo sórdido, del inframundo, donde habitan seres que respiran un aire infecto, viciado, cansón, mientras esperan un mundo mejor que nunca habrá de llegar hasta sus vidas más que en sueños.
Una mélè de nouvelle noir, cruda, cruel e historia con tesitura romántica; dos contrastes que se entrecruzan bajo el mismo hálito del desencanto y pesimismo que se nos va contagiando mientras nos vamos enterando de esas cuatro historias en una.
Después de la lectura de esa secuela llamada Cash Bar, símbolo o alegoría de las máquinas tragaperras que, al repetirse por tres veces, en un golpe de suerte en cualquier casino, nos entregan lo que en su vientre de metal contienen, las famosas coras o quarters of dollar. Sólo eso, el metal entregando el metal, la forma más pesada de la vida, símbolo de la insensibilidad total, de ese desprendimiento de retina espiritual que la deshumanización contemporánea conlleva. En el mundo de Cash bar se tiene que ser duro, gris, metálico, como cada uno de los personajes que intervienen en esta saga, para poder sobrevivir.
Sin remilgos, Cash Bar es una prosa intensa, a profundis, terrible, descriptiva que, a través de esas diversas voces de los personajes que intervienen, nos lleva a cada uno de sus lectores, como a bordo de un vehículo mágico, el de las palabras, por supuesto, hasta los recovecos más oscuros, más recónditos de ese maldito sitio que se llama Cash Bar.
En Crónicas de la interfrontera, su autor, Jorge Arturo Juárez Correa, nos entrega algo más que la visión de un simple cronista o cronista aficionado. Trasciende porque su autor explora con ojo avizor, como desde el vuelo y con los ojos de un águila -única ave capaz de mirar directamente al sol, que es corazón de la galaxia- las diversas regiones que tienen que ver, precisamente, con ese espacio geográfico que no resulta tan breve, tan reducido, como lo es esa zona llamada frontera. En este caso, de la frontera norte que colinda, para nuestra desgracia, con los Estados Unidos de Norteamérica.
Jorge Arturo nos muestra, en estas crónicas, una simbiosis de niño explorador y poeta, de niño aventurero -boy scout- y narrador, que nos cautiva. En cada uno de sus viajes, se detiene precisamente en las cosas y en los sitios más insospechados que visita. Nos hace acompañarlo; nos lleva de la mano, y estamos ahí, inmersos en su prosa, gracias a una escritura fina, bien cuidada. Nos invita a ser con él los viajeros inmóviles. Desde el simpático metavuelo de Ícaro en los modernos aviones, hasta la más cruda realidad que encierran los bordes del río fronterizo, el cerro de Cristo Rey, pasando luego por el sitio en donde se llevó a cabo la primera de las múltiples pruebas de la feroz eficacia de la bomba atómica. Retrocedemos hasta el origen precolombino de Paquimé; avanzamos luego, como a bordo de la máquina del tiempo de H.G. Wells hasta la famosa Batalla del Carrizal; exploramos el arte rupestre de un parque estatal gringo; visitamos la hondonada de unos volcanes no tan lejanos como quisiéramos; e incluso, sin necesidad de vestirnos de pipa y guante, asistimos al suceso tan esperado por todos los chihuahuenses, de la Inauguración de un gran Centro Cultural juarense y nos codeamos, incluso, con algunos personajes clave de la cultura fronteriza.
Ali Belmonte explora con sus textos breves y espléndidos, en Cuentos de canasta, esa parte del inconsciente que a través del tiempo hemos creído, ya de adultos, sepultada. Esa maravillosa época en la cual podíamos darnos el lujo de ser duros sin remordimientos, de hacer las cosas sin el más mínimo sentimiento de la culpa, edad de oro de la inocente crueldad, envueltos como estábamos en esa especie de burbuja de plena indiferencia. Explora en nosotros como lectores y despierta la avec mot juste, el epíteto exacto, la mesura y el orden de una verdadera escribana, una gran variedad de recuerdos y experiencias de las fobias adormecidas a través del tiempo.
En ocasiones, roza las lindes del humor negro con gran eficacia; se cuela a los bordes que separan al lector de la risita disimulada, provocada por la fina ironía, el sarcasmo que subyace en cada uno de los contextos encontrados en su narrativa.
Ali Belmonte tiene vocación de hurgadora de almas y de consciencias, de psicóloga y narradora, todo a la vez. También hay una misma línea estilística, un mismo aliento para decirnos cada historia en un tono diverso, con un toque distinto, bordeando los límites entre la recreación y la denuncia implícita, pues trata de aquellos temas que, la mayoría, por pudor, por una sensibilidad exacerbada, por miedo o hipocresía, los demás callamos.
Y uno tiene que seguir leyendo, enganchado a su carruaje pletórico de palabras y de frases que nos van descubriendo otros fragmentos de la realidad, con la sensación de ser un gozoso polizonte que no desea en lo más mínimo apearse de tan maravilloso viaje a través de esa exquisita inteligencia que nos ha hecho pasar un excelente rato con tan breves textos, hasta llegar al último, sin que se le caiga uno solo, como en un alto sol sostenido, más que en una toca en fuga, en un concierto permanente de buenísima prosa de ficción.
Por estas razones y por otras más,
como lector, doy fe de que Norpaisaje, colectivo, producto del taller
literario del I.N.B.A en ciudad Juárez es un libro muy recomendable. Enhorabuena
por nosotros sus lectores. José Luis Domínguez. |
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