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Jesús Chávez Marín reseña el libro Quintéto para un pretérito de José Luis Domínguez, Andrés Espinosa Becerra, Juan Marcelino Ruiz Acosta, María Dolores Guadarrama, y Raúl Manríquez.
QUINTETO PARA UN PRETÉRITO. Por Jesús Chávez Marín. La historia es ya muy conocida: hace algunos años, varios artistas de esta ciudad fundaron la revista Voces de tinta, donde aparecieron textos de una gran calidad literaria, dibujos y fotografías. Desde entonces, Cuauhtémoc empezó a ser conocida no sólo por la dulzura y el color de sus manzanas y por el vigor de su trabajo, sino también por sus poetas, sus escritores.
Cinco de ellos publican ahora este bello libro de poemas titulado Quinteto para un pretérito, que además de ser un solo libro, donde la voz y el estilo de los cinco autores permanece unido en una misma atmósfera de otoño, de amor, de una tristeza ligera y dulce, y de día domingo, el texto es también la reunión de cinco breves poemarios, con su propia estructura interna, y cada uno con su nombre: Un terso tibio, tibio de cuerpo de mujer, de José Luis Domínguez; Domingo Siboney, de Andrés Espinosa Becerra; Salida de emergencia, de Juan Marcelino Ruiz Acosta; Febrero se cuelga por mis ojos, de María Dolores; y La breve luz, de Raúl Manríquez.
En esta reseña habrán de comentarse primero cada uno de los poemarios en el mismo orden en el que aparecen en el libro.
1.- Un terso, tibio cuerpo de mujer, está compuesto con 93 brevísimos textos, en su mayoría, en una prosa muy bien pulida, trabajada por sílabas como se escriben los versos, donde se expresan imágenes, figuras y asuntos con gran densidad y capacidad de síntesis; con lo que se conoce como lenguaje poético y a manera de aforismos o versículos.
Desde el primer texto, el autor abre con firmeza una atmósfera; define el tono del discurso, el cual es descendiente digno de textos antiguos como El Cantar de los cantares o el Rubaiyat y también de algunos libros más recientes. A mí, por ejemplo, me parece semejante, en su forma, a La feria, la única novela de Juan José Arreola. El poemario inicia de forma magistral con el primer versículo. Veamos un fragmento:
Henchida de gozo, como hierba bañada en la humedad reciente de una lluvia, se yergue la memoria, como una luz líquida y suicida que por amor, ya herida, se derrumba.
Como en las buenas novelas, como en los mejores libros de poemas, como en todas las obras bien tramadas, este inicio contiene todos los elementos que lo forman: el tono, la atmósfera, el tipo de discurso, los temas y asuntos que habrán de tratarse.
En este caso, la memoria es el personaje que primero aparece, en forma de una lluvia que cae y que voluntariamente se gasta, alterada por el amor. El tono poético se construye aquí por metáforas, donde la memoria es una hierba húmeda y fresca o el agua como luz, y por el uso de voces como henchida de gozo, yergue y luz líquida. También porque el sonido del texto es armonioso y de gran elocuencia.
En el transcurso del texto se despliegan juntas, una historia de amor y el discurso reflexivo de la existencia, marcada en forma trágica, o sea, ineludible, por la premonición y el ideal del amor perfecto, los placeres del reencuentro y el dolor terrible de la separación y de la ausencia.
Aquí va un ejemplo donde el canto es un presentimiento, casi platónico, de aquel gran amor que todos soñamos, el que la mayoría de nosotros seguimos buscando hasta llegar a la muerte más remota, con la ilusión de que en alguna parte existe:
Antes de conocerte solía decir tu nombre; preguntaba por ti en cada esquina; te buscaba en los bares o en las cafeterías; amanecía bajo los puentes o pasaba largo tiempo en una banca solitaria de la vieja estación de los ferrocarriles.
Embriagados por esa gran ilusión del amor, cuando la amada aparece por primera vez, no podemos mirarla a los ojos, no podemos conocer su rostro; nuestra mirada no consigue definir los límites del contorno de su cuerpo. Ella no es ella, sino el ideal de la naturaleza y de la esencia femenina, como en este versículo tan hermoso:
En el patio, bajo los rayos de una pálida luna, inmóvil, una lámpara: el árbol del cerezo.
La primera presencia de la amada es como la luz: su presencia es rotunda, aunque sea inaprehensible:
Cuando tú pasas hay todo un gran incendio; tú detienes el aire, y es tu mirada una flor abriéndose hasta el alba. En tus pupilas el universo se torna en apacible sitio.
En la textualidad de la obra hay una mezcla muy afortunada de las imágenes que aluden a formas que aluden a lo abstracto, como la eternidad o de los delirios. Así sucede en esta parte:
Tus brazos, un par de enredaderas blancas trepando el basalto de mi cuerpo; tus manos ahuyentan seres sin rostro que a veces vienen del pasado a atormentarme. Al mínimo roce de tus dedos, surgen en mí destellos de una eternidad que ayer no conocía.
Una de las características más asombrosas de las pequeñas flores del desierto es su exhuberancia de colores y formas sintetizadas en tan breve espacio. Así son también estos textos, donde el juego de las sensaciones y de los sentidos es, a veces, vertiginoso. Hay textos de tres líneas donde se expresan sensaciones de la vista, del sabor, de la temperatura, del sonido, la textura y los olores, como en este:
Escarnio, dolor sobre la sombra de mi cuerpo. El amor es el más dulce de todos los sarcasmos, nos hace ver ridículos, grotescos. El amor se vuelve a veces una carga insoportable, se queda en el espasmo, en la deyección, inútiles. El amor es una hermosa caja china. No se le ve crecer, multiplicarse, como se ven jamás crecer la hierba y la noche. El amor es como el asma, echa raíces en nosotros como la soledad o la tristeza. Todos vamos inermes hasta que un buen día, el amor nos estalla en los ojos como una exaltación irremediable, como una súbita revelación donde la muerte nos va rozando tiernamente en otro nombre, las yemas de los dedos.
En este su segundo libro de poemas, en esta segunda edición, José Luis Domínguez alcanza una fecunda madurez.
2.- Domingo Siboney está formado por poemas exactos donde el hilo conductor podría definirse así: el poeta realiza un paseo dominical acompañado de sus evocaciones y sus pensamientos; paseo que inicia con el texto llamado “Palabras en profundo” y concluye en el poema que se llama Lluvia final. El poemario está construido con una condensación de imágenes de gran originalidad en el cual se oyen voces que logran extrañísimas relaciones en medio de una cotidianidad amorosa y reflexiva. Inicia de esta manera:
¿Cómo funciona tu amuleto? no coincido con el entendimiento que tienes en las calles; antes, aquí hubo un río, en él lavaban las palabras y eran entregadas a los infantes.
Metáfora muy concentrada para contar los orígenes del lenguaje, que también son los orígenes de la especie humana; la que tiene las palabras, o sea, los pensamientos y los recuerdos.
A partir de allí el lector inicia un recorrido donde el espacio está integrado como un mismo territorio, por las calles de una ciudad, los campos antiguos de un lugar antes deshabitado y el cuerpo de la amada como un lugar íntimo y abierto a todas las sensaciones. Por ejemplo, una mujer es descrita no en la inmovilidad de un retrato, sino en el de la energía que produce el movimiento, la acción:
…danos la leche matinal de tu piel Y la fuerza grisácea de tu mirada; déjame acariciar el felino en tu espalda, zurcar mi intranquilidad con su zarpazo.
En otro texto, se describe la plazuela de una ciudad. En los elementos que la forman, vive la esencia de la sensualidad y el tiempo mítico femenino:
Porque la noche huele a perfume, salgo a la calle: la noche y cierta placidez dirigen mi frente al cielo. Cruzo el tiempo cuando me dirijo a la plazuela a reposar mis pies en sus bancas; recuerdo que llegó ese perfume antes del aroma a incensario y a carbón quemado, a puerta cerrada a muerte y a presagios; comenzaron a latir mis ríos antiguos de agua clara; agua que aún susurra hasta cerrar mis párpados y cerrarme el alma. La luna zumba de misterios, descansa su piel blanca sobre el pasto. Pienso en una mujer, escucho los aullidos de su noche que se traslucen al frente de su falda.
Hay un poema llamado Hotel de mayo que tiene la estructura de una pieza de teatro, donde el regocijo del encuentro amoroso y el titubeo de la presión social son narrados a contrapunto desde la perspectiva de uno de los dos amantes.
Otro de los recursos muy efectivos del libro es la amplificación de las sensaciones. Así, el leve roce de una caricia provoca un sonido estereofónico que llena completo el espacio vital:
Yo, al tocar tu mano, sentí un toque de dulzura, mientras tu voz sonaba por todo el cielo.
La perplejidad ante el destino de la propia existencia es pensada con la sencillez de un paseo cotidiano, pero con el punto de vista de los cuatro elementos del universo:
No sé por cuales calles continuar antes de que me sorprenda la sonrisa oscura del final. El fuego está a mi lado, el viento se eleva, la tierra brota y el viento baila.
Hay también una certera transfiguración de las sensaciones en varios de los versos, como en estos dos siguientes:
Vuelvo a escuchar tu perfume frotar la ondulación del aire.
El estilo de Andrés Espinosa Becerra está forjado en la búsqueda de verdades elementales por medio de las imágenes y la armonía sonora de las palabras. Sus cantos de amor son también reflexiones certeras acerca del destino. Sus textos filosóficos suelen ir mezclado con la presencia de una mujer en el recuerdo, en la memoria, en la cadencia de las palabras, en los sonidos de la ternura.
3.- Salida de emergencia es otro ritmo, otro sonido más profundo, distinto al que nos había acostumbrado a los lectores, Juan Marcelino Ruiz Acosta. No ya aquel ingenio burlón de sus textos anteriores, donde era un pensador pesado de humor ligero.
En este nuevo trabajo suyo, compuesto de poemas
largos, uno de ellos dividido en cinco partes, el tono es distinto desde el
primer texto, ese bello poema llamado En la estación: Tras los cristales de la estación antigua la luz del sol se vuelve más delgada, el filo que toma sus aristas decanta la pupila indiferente, la seda del metal sombrío que se extiende más allá de la insistencia. Salta en mi rostro la mueca del viajero involuntario; flota en la incertidumbre de alejarse la obligación de desaprender los nombres, de acostumbrar los ojos a cielos indiferentes, de masticar las migajas de otras lunas, de prescindir de tus huesos de pantera.
Por el oriente… el tren llega como ayer por el oriente con su jauría de sonidos tristes, su silbo agonizante me rompe el cautiverio y su reptar invicto y testarudo.
Si estuviéramos hablando del género novelístico, diríamos que se trata de un texto realista. Juan Marcelino Ruiz no abunda en metáforas ni imágenes raras, va directo al asunto, aunque también se permite figuras como las migajas de las lunas. Lo que sigue conservando de su lírica anterior es el sonido hermoso de su ritmo poético. En nuestra literatura de Chihuahua, él es de los pocos que tienen muy bien educado el oído para escribir poemas.
Otro de los grandes recursos de este poeta es su extraordinaria capacidad de observación y de penetración psicológica, el punto de vista exactamente bien enfocado, como se muestra en esta estrofa donde hace un retrato muy expresivo de algunas jóvenes mujeres de nuestras ciudades mexicanas en los albores de este siglo:
Ellas van por el andador sin exigencias, abrevando en el oasis sabatino de una tarde ya libre de maquilas, trituran un chicle con maestría, presumiendo su escasez de primaveras sobre un cadencioso redoble de tacones.
Para rematar en una escena de colores muy vivos, donde se demuestra que los buenos poemas, como dice Paz, no sólo cantan, sino también cuentan historias. Esta es la última estrofa de ese mismo texto:
La selección natural hace las veces de generoso cupido darviniano y por la noche, en el salón de baile, los cuerpos sudorosos compartirán sus risas, su fatiga, al compás de la música grupera.
Los lectores queremos seguir leyendo a los dos poetas que existen en Juan Marcelino Ruiz: el ingenioso, que nos hace pensar muertos de risa en su libro Derrrepentes, y este poeta, de tono mayor, que aparece en la reunión de sus amigos, en este nuevo libro.
4.- Febrero se cuelga de mis ojos es la continuidad de una obra poética de tramado finísimo de una de las buenas escritoras de Chihuahua. Desde su libro anterior llamado Molinos de viento, María Dolores Guadarrama escribía con la seguridad de quien ya había hallado, después de muchos trabajos y abundantes lecturas, el estilo de su voz poética. Algunos de los elementos de este estilo son: Uno, la conexión profunda de los elementos de la naturaleza, las flores, los frutos, las piedras, el aire, las estaciones; dos, el pulido del texto, hasta hacerlo austero y sencillo, expresivo y elegante; tres, el buen sonido de los versos, el encuentro armonioso de las palabras, el ritmo cadencioso; cuatro, los temas levemente adoloridos, el consuelo de la tristeza asumida, la ternura suave de los movimientos amorosos; cinco, la profunda feminidad de sus textos, que son también la profunda humanidad, sin fanatismos ni poses agresivas o fundamentalistas.
El poemario abre así:
Gris febrero se cuelga por tus ojos mis ojos.
Con agilidad, el cuarto verso de este breve poema hace un guiño amoroso y, quizá por la química fuerte del amado, en una sola mirada.
Este breve poemario está claramente marcado por señales de estación, a la manera de los poemas clásicos japoneses. Es de otoño el ambiente de estos poemas. De hecho, al inicio de los textos, la señal es completamente declarada:
Llora triste el viento de noviembre las hojas son estrellas que crujen al contacto se desmoronan amarillas. Entre tanto el polvo rabioso levanta calaveras.
Predominan la tristeza y el dolor en este pequeño libro de María Dolores Guadarrama. Aún en el bello cuadro de este poema aparece, al final, la total desesperanza en forma casi violenta:
Se oyen ladrar los perros demos un paseo entre el olor de las manzanas para ver la esperanza en los ojos de las muchachas que vienen y van de los huertos. Esperan el veinte de noviembre su baile y su verdad de ratas.
Es un texto amargo y extraño, de imágenes a veces difíciles de descifrar, como esta:
Vuelvo a nacer, boca que me traga.
Sin embargo, tiene la seducción del arte bien trabajado, como lo es el arte de María Dolores Guadarrama.
5.- La breve luz es el primer libro de poemas de Raúl Manríquez Moreno, quien antes sólo había publicado cuentos, en su libro Romance de otoño y en cuanta revista ha salido en los últimos diez años. También los lectores esperamos la ya próxima salida de su novela La sierra es frágil, con la que ganó el Premio Chihuahua de Literatura.
A pesar de que su oficio de narrador seguramente le dio dificultades para hallar los hilos de la poesía, parece que ha resuelto el problema con gran soltura, auxiliado por su temperamento de artista, su talante pensativo y su concentración.
Así inicia estos poemas forjados con ideas y con la exacta educación de los sentimientos:
El mundo es también imperfecto ¿y a quién le importa? Acaso nada tendremos sólo esta tarde y este cigarro que ya terminan.
Es dominante el tema de la muerte en esta colección de poemas de Raúl Manríquez: el estoico dolor ante el espanto de la muerte, la serena tristeza de los recuerdos:
Irrumpe en la claridad del mediodía una noticia inesperada un repentino sinsabor que oprime el aire.
Más adelante dice:
Hay, sin embargo, una suave indiferencia.
Y aún hay más:
A pesar de todo
es una tarde hermosa. Es apenas el umbral del dolor. La angustia llegará después, según se expresa en este verso:
La soledad se agranda se desmorona la certeza de las horas.
Para que de una vez la cascada del dolor encuentre su caída:
Y hacia dónde dirigir una plegaria dónde encontrar un mínimo sentido una razón que aparezca coherente en la tarde que filtra desteñida el apagado cristal de la ventana.
Viajes, amores, recuerdos, material de los sueños, material poético en los textos de Raúl Manríquez. Mayo de 2001. Jesús Chávez Marín |
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