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José Luis Domínguez reseña el libro

El sentido de las horas

de Reneé Acosta

El proceso de la sabiduría siempre nos es tardío a los seres humanos. De ahí que en la época que nos toca vivir a cada uno, siempre estemos cuestionándonos sobre la raíz de todas las cosas; somos, en fin, ignorantes de nuestro propio devenir, y por lo tanto, condenados a vivir siempre a destiempo.

 

Imágenes surrealistas, daliescas, matemáticas, poética y filosóficamente posibles desfilan por la poesía de Renée Acosta. Artrópodos, insectos, arácnidos son los oscuros símbolos de una alma gemela de un tal Gregorio Samsa que se perfila en algunas de estas líneas. Lentes, péndulos, compases y reglas, puntos, líneas y circunferencias, signos matemáticos y metafísicos, bíblicos y mitológicos, carruajes y cebollas minimalistas nos revelan una inteligencia aguda, plena de sus facultades, deseosa de atender, aquí, su entorno, y allá, el cosmos, en una poética de la visión que intenta abarcarlo todo. Renée Acosta es una poeta inteligente, que no cerebral, que no fría, inteligente, cuya agudeza intelectual es tanta, que su propia red crítica no deja jamás filtrar una sola palabra de desecho entre sus líneas versales. Eso no la salva de que también la emoción se configure en sus versos.

 

La clave de buena parte de la poesía de Renée Acosta radica en esa metáfora que resulta luego de la paradoja de Grelling, del pensamiento inteligente que se piensa inteligente, de una Eva singular en esa búsqueda y hallazgo y arrobamiento que le provoca el árbol mítico, el árbol del conocimiento; en un mundo donde las cosas no son lo que aparentan; donde las cosas resultan inasibles en virtud del ojo que las mira; donde las cosas son inaprehensibles en virtud de la mente que las piensa. Renée Acosta confirma, por ejemplo, en el poema “Ojo y figurilla de parafina” lo que su tocayo, el famoso pintor francés René Magritte nos ha dicho en uno de sus cuadros, que “Esta pipa no es una pipa”, es decir, que este mundo no es este mundo, por lo tanto, que dentro de la realidad de su poesía podemos encontrar también su paradoja, la irrealidad Ojo y espejo son dos símbolos constantes de ese infinito, perdidos en el túnel de sí mismos, ojo que mira y espejo que se deja ver.

 

El nihilismo nos hace guiños en sus versos, en esa coquetería del tiempo metafísico que a todos nos atañe. Hay una especie de panteísmo temporal que se diluye suavemente, una especie de autofagia cronológica que anula al poema a la vez que, oh, contradicción, se va haciendo más presente. El tiempo en reversa, la vuelta del revés que es un absurdo, como es absurda, a veces, las circunstancias que nos circundan. Alegoría de una Penélope que en su escritura teje y desteje cada uno de nuestros posibles sueños. El alma de poeta que habita en Renée Acosta crea desde la nada un orden nuevo; desde lo lineal surge un universo renovado.

 

La exploración del microcosmos en esa búsqueda angustiosa de la propia identidad nos revela a una poeta humilde, serena, y al mismo tiempo grande. Lo pequeño, lo minúsculo, lo microscópico, de Ítalo Calvino, como una de sus seis propuestas para un nuevo milenio también se hace aquí presente. Desde el cero, que es la nada, la invisibilidad, pasando por lo micrométrico, hasta llegar al uno, por decisión propia. Y el uno y el cero, recordemos, son la base de todo un sistema numérico, de un universo llamado civilización occidental, nuestra civilización.

 

En una sociedad como la nuestra, en la que se imponen normas demasiado rígidas con tal de vivir en armonía y en sana convivencia -en donde somos todo aquello que otros miran y envidian, que otros piensan; lo que otros dicen de nosotros- irrumpe la mirada aguda de la poeta pulverizando con sus actos las susodichas reglas, y afirmando con cierto desparpajo, que a pesar del mundo aún se puede vivir a plenitud.

 

En un mundo que ha sido descubierto como una agresión, en donde el poeta ha sido proyectado como una piedra en una honda y por una mano de no se sabe bien qué cuerpo, que rostro, qué nombre, que mala o buena voluntad, es de vital importancia iniciar esa búsqueda de sentido. Entonces su voz se alza de entre las líneas lo suficiente como para hablarnos del ahora, del eterno tiempo presente, del instante vertical que debiera poseer al hombre horizontal de nuestro tiempo. La contemplación de una noche estratificada en el siglo XVII, también es un mero pretexto para tratar el devenir del calendario y del tiempo paralelo entre la luna y el poeta que es Renée.

 

En Canto a la existencia (2004-2005), Renée Acosta, confirma que el arácnido, el árbol inmóvil donde se encuentran las raíces del mundo, la vasija de luz, son elementos que representan al hilo y al telar del ser y del pensar. Aquella voz del que grita en el desierto anda buscando, según nos revelan algunas líneas, la llamada primera de la razón primera. Acto, sonido, presencia antagónica y pantagruélica del ser perdido entre los vericuetos de la razón categórica y numérica. Gödel, Fibonacci, se descubren tras las bambalinas de la poesía.

 

Renée Acosta sitúa, inteligentemente, la muerte de Aristóteles y la del César ante el cálculo numérico y la perfección geométrica del círculo, alegoría del ojo, del periscopio y del compás.

 

En Zona áurea (2004), Renée Acosta, como Sigmund Freud, determina que infancia también es destino. Hurgar en la infancia a través de los objetos; en el pasado a través de las imágenes es el más genuino recurso para que la poesía fluya. No puede sustraerse a la influencia judeocristiana, pero su religión siempre se verá cuestionada por el espíritu inquisidor de esta alma juvenil que se ha atado al cuello la sabiduría como si fuera un collar de perlas. La niña del garbancillo no es otra que la niña Renée que desde el pasado nos contempla. El tiempo, preocupación fundamental de la literatura, se ve atrapado entre los marcos de varias fotografías poéticas. Ahí aparece una elegía maravillosamente escrita en la cual se puede ver a la abuela en postura orante y a favor de las benditas ánimas del purgatorio. Renée entonces nos cuestiona a cada uno de nosotros: ¿Qué es el ser/ ante una fotografía añosa sino la nada? O quizás un desvarío. Su poesía no deja de tener un dulce resabio de nuestro bisabuelo poeta Ramón López Velarde, en cuyo homenaje Renée Acosta vuelve a traer hasta nuestros oídos esa caterva ecuménica del polvo, esa gota categórica del tiempo que se consume en la clepsidra; tiempo santo y purísimo, purificado por la horrenda visión de los gusanos que a cada uno, por destino, nos habrán de tocar.

 

La gracia sin igual que se encierra en ese texto titulado “Baile septentrional” en donde la poeta, se cuestiona sobre los efectos y las causas y se compara la finalidad simple de un baile con el girar de un centauro sobre una superficie plana. Y uno se estaciona en el poema, rememorando el espectro que deja la moneda giratoria en ese su espejismo necio, en ese engaño óptico donde las partes se convierten, por la velocidad de sus giros, en un todo. Todo esto, traducirlo a la poesía, tal como lo hace Renée no sólo es complejo, es un digno atributo de las mentes ágiles y de las hondas inteligencias como las que posee nuestra poeta.

 

La poesía de Renée es, a veces, tan dulce, tan musical, tan armoniosa, que resulta un verdadero deleite oír -leyendo sus poemas en voz alta- esos ritmos y esas notas que se quedan impresas en la memoria, tal como a ella se le han quedado las de aquella cajita musical de las que testimonian algunos de sus versos.

 

La sombra es una parte fundamental de Zona áurea, la sombra es un emblema del umbral por el cual se llega al inframundo. La sombra es frágil y fragilidad es uno de los vocablos favoritos y uno de los símbolos paradójicamente menos frágiles en la poesía de Renée Acosta.

 

En Viñedo es el hombre (2006), la poeta se enfrenta a esa realidad inevitable de la muerte con una valentía inusitada; la reta, la incita, la provoca, la incomoda con un coqueteo verbal deslumbrante, y luego la abofetea, mientras le guiña un ojo al gran maestro José Gorostiza que le sonríe desde ese reino de la tenebra.

 

Viñedo es el hombre es una clara muestra de cómo la poesía deviene en lo humano, de cómo el corazón endiosado de la poeta o yoltéotl se descubre y se describe y trata de sí mismo, de esa preocupación genuina de lo que significa la existencia. Acontecer, suceder, ocurrir, son los vocablos predilectos de Renée, tal vez por eso, en su poesía, siempre está ocurriendo algo, y algo ocurre también con el lector de su poesía, como ahora me ha sucedido a mí; por ejemplo, cuando uno esperaba que del amor no se dijera algo, surge ese milagro que inspira la perfección formal de un abandono; no es el canto dolorido ni la flor del despecho los que se extienden sobre la página, es un poema que nos enseña que Amar es desandar, entre otras cosas. En el texto titulado Todo es fuego, todo está fríamente calculado. El discurso realiza una hermosa parábola y termina donde debe, como todo saltimbanqui que lleva en su pecho el hondo anhelo de un potencial suicidio y sin embargo, no deja de caer en esa perfección de plañido y de pirueta y de paso lento, pero siempre seguro, sobre la cuerda floja.

 

Renée Acosta, en fin, resulta ser la suma de todas las respuesta a esa única pregunta que hace algunos años conjuntaba en mi libro “El jardín del colibrí”, de si podía una mujer escribir una poesía más alta, más inteligente que hasta entonces, interrogante, provocación de crítico, que con este libro, El sentido de las horas, y con el anterior, Moebius, ha sido resuelta satisfactoriamente, por lo cual recomiendo su pronta adquisición y su lectura. Gracias.

José Luis Domínguez.

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